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ESPIRITUALIDAD: CORPOREIDAD Y RESISTENCIA Marcha Mundial de las Mujeres. Mayo 2004 María José Torres Pérez
Las antropologías y teologías feministas
recuperan la centralidad del cuerpo como realidad biológica, sexuada,
producción de energía, capacidad creativa, como lugar de
presencialización de lo que somos , desde donde nos relacionamos
y nos trascendemos. El cuerpo es lugar de revelación y de manifestación de nuestros miedos, nuestras alegrías y esperanzas, nuestros deseos y anhelos más profundos. El cuerpo es la realidad que no engaña. Tiene su propio lenguaje. El beso, el abrazo, el apretón de manos, la risa, el llanto son formas humanas de comunicación y expresión humana. Es el cuerpo el que se transforma en lágrimas, en gritos de dolor, en escalofríos, en risas y caricias, en descanso y movimiento, es el que se transforma en ritmo al escuchar la música. El cuerpo es lugar de encuentro con nosotras mismas, con nuestras debilidades y nuestras fuerzas, con nuestras heridas y nuestros temores, con nuestra capacidad de gozar y de disfrutar, de estremecernos, de encogernos o encorvarnos, de expandirnos. La libertad o la represión se expresan en nuestro cuerpo. El cuerpo es espacio de encuentro con otras personas: con otras mujeres y otros hombres. Es en nuestro cuerpo donde experimentamos el amar y ser amadas, donde nos reconocemos y acogemos nuestra necesidad de cercanía. Es en nuestro cuerpo donde podemos vivir la comunión profunda con las personas, el placer más hondo del encuentro. Nuestro cuerpo sintoniza con el lenguaje de otros cuerpos: siente la frialdad, la distancia o el calor de la cercanía, la alegría del encuentro o el dolor de la separación o del rechazo, las miradas que se cruzan o que se evitan, el tacto que recrea o que golpea. El cuerpo tiene una dimensión de interioridad, no es un cascarón vacío de sentido ni de significado. Necesitamos rescatarlo como espacio, lugar de liberación. El cuerpo es la casa donde yo habito. Las mujeres tenemos que apropiarnos de nuestro cuerpo, liberar, celebrar y gozar nuestro cuerpo. El cuerpo es lugar de encuentro con el cosmos. Sentir los latidos de nuestro corazón al ritmo del latir de la vida en la naturaleza. Dejar que nuestra retina se pueble del verdor de los campos, del colorido de las flores y los montes. Escuchar el susurro del río y el canto de los pájaros. Dejar que la noche y el día, las estaciones, sintonicen con los cambios y tiempos de nuestro cuerpo. Las mujeres llevamos los ritmos de la naturaleza dentro de nuestro cuerpo. Hay una relación de connivencia entre el cuerpo de la mujer y la creación. Nuestro tiempo es también tiempo cósmico. Los ciclos de la naturaleza están metidos en nuestro cuerpo que marca una manera de concebir el tiempo. El cuerpo es el lugar donde experimentamos
el mundo. Por eso para las mujeres, el cuerpo ha dejado de ser algo individual
para ser una categoría social con dimensiones políticas.
Los proyectos de liberación tienen su arraigo en el cuerpo. También
las injusticias sociales, los sufrimientos, el sexismo, el racismo, el
clasismo se expresan en el cuerpo, son una negación del cuerpo.
Por eso la resistencia de las mujeres se expresa en el cuerpo. El cuerpo es lugar de la resistencia
activa que nos permite mover las aguas patriarcales de lo sagrado
y de todos los espacios y derechos que aun se nos siguen negando a las
mujeres. Y ahora vamos a escuchar nuestras historias; historias de nuestros cuerpos, de nuestras resistencias y de nuestras esperanzas.
1. LOS PIES EN LA FRONTERA 2 No teníamos ayuda de ningún tipo. No podíamos
dormir, nuestros hijos lloraban porque no había comida, hacía
frío y llovía. Después de unos días la zona
fue atacada por otros soldados mucha gente murió. Algunas personas
escaparon con sus hijos, recuerdo que había mujeres con gemelos
que se llevaban a uno, dejando al otro abandonado o perdido. Durante mucho tiempo en mi vida no quise ver más
que dolor y vergüenza. Hoy sé que ser refugiada es ser una
superviviente y aprender a luchar por la vida a cualquier precio. Desde
hace ya algún tiempo participo en una organización de mujeres
.Juntas nos ayudamos a empezar de cero, a contarnos nuestras historias
y a no dejar que la rabia siga dañando nuestra vidas sino que se
transforme en lucha por nuestra dignidad y nuestro derechos. En algún lugar una mujer espera
Ahora mismo mi boca se abre para hablar. Y esto me hace recordar todo el tiempo en que he vivido como si fuera muda, como si fuera insignificante usar la boca. Con la boca hablo, como, gesticulo, beso, silbo, grito y canto. Esto es tan importante. Recuerdo que en mi casa hablaba mi papá y en casa de mi abuela, hablaba mi abuelo. Sobre todo cuando había visita, las mujeres no nos atrevíamos a entrar en la conversación o en la discusión. Nos enseñaron que una buena mujer tenía que permanecer callada. Así me acostumbré a callar. Porque cada vez que intentaba hablar, mi papá y mi mamá me decían que cada vez que habría la boca era para decir tonterías y estupideces, que debía aprender que una mujer decente tenía que permanecer callada. Después, mis maestros en la escuela me enseñaron
casi lo mismo que en mi casa. Hay que ver, oír y callar. También
en mi religión siempre los predicadores eran hombres, ellos hablaban,
actuaban y disponían las cosas. La boca mía se mantenía cerrada. Siempre me enseñaron que no tenía voz, que no tenía nada importante que decir. Entonces me acostumbré al silencio. Me daba miedo hablar. Y lo adopté como un rasgo que llevaba pegado a mi condición de mujer. Nunca emití una queja, ni una palabra. Callaba, aguantaba y así que llegué a creer que el tener voz, el poder decir la propia palabra era un privilegio que no me correspondía por mi simple condición de mujer. Pero la terrible situación que vivía nuestro pueblo, nos llevó a levantar nuestro clamor ante el descubrimiento de los cementerios clandestinos. Hacía mucho tiempo que todas las mujeres sabíamos dónde podían estar los huesos de nuestros esposos y de nuestros hijos e hijas. Así que fuimos a poner la denuncia al Ministerio Público y a exigir que se autorizara al equipo de antropólogos forenses que nos ayudarían a encontrar los restos de nuestros familiares, quienes habían desaparecido hacía más de diez años. Era la primera vez que un grupo de mujeres viudas dejaba escuchar su voz en un caso como éste. A raíz de nuestra denuncia, otros colectivos de mujeres familiares de los desaparecidos durante los años de represión comenzaron a organizarse y a exigir que se exhumaran los restos de sus familiares y que el Estado resarciera a las víctimas. Este fue un paso muy importante. No sé ni cómo tuve valor para hablar y para meterme en un lío tan serio que me ponía en riesgo. Creo que tuve ánimo de hablar porque no estaba sola: no sólo era mi voz, eran muchas voces las que sonaban junto a la mía. Después, con otras mujeres nos organizamos porque nuestras niñas y niños estaban siendo llevados a un supuesto programa de ayuda a los hijos de las viudas. Organizaban paseos y actividades de tres días, de una semana por allá cerca de la zona turística. Nuestros niños regresaban con algo de dinero que unos extranjeros supuestamente les daban a cambio de que se sacaran fotos con ellos. Hasta que descubrimos el engaño: Nuestros hijos e hijas estaban siendo explotadas sexualmente. Yo estaba destrozada por la rabia y el dolor que esto me provocaba. No tenía palabra, sino un nudo en la garganta. Entonces nos juntamos las madres a llorar juntas nuestra pena y nuestra indignación. ¿Qué podemos hacer? nos preguntábamos. Comenzamos hablando de esta terrible situación. Lo primero que mi boca lanzó fue un grito, un quejido. Teníamos tanto dolor. Y desde esta indignación y este dolor, articulamos nuestra palabra. Nos dimos cuenta que teníamos algo que decir y qué hacer. Nos vimos empujadas a abrir nuestra boca y expresar nuestra palabra. Lo primero que nuestra boca produjo fue una palabra de denuncia. Me fui con las otras mujeres a poner la denuncia contra la explotación sexual infantil. Ante tanto ultraje, no podíamos seguir en silencio. Nuestra palabra fue capaz de levantar una ola de protesta de muchos sectores y juntos logramos que se enjuiciara a los culpables de explotar a nuestros hijos. Hoy estoy convencida que mientras haya injusticias, explotación y desigualdad en nuestro pueblo, yo seguiré levantando mi voz. Recuerdo que las primeras veces que yo me atreví a decir mi palabra en público, hablaba agachada, encorvada, me tapaba la boca, ocultaba mi voz, hablaba bajo. Tenía tanto miedo. La inseguridad se había encarnado en mi lengua. Pero había dado un paso: hablaba. Todavía estaba encogida, en voz baja y temblorosa, pero hablaba. Después me fui liberando de este miedo y de esta inseguridad y ya no me costaba tanto el hablar y expresar lo que sentía y lo que pensaba. Pero después me di cuenta que para nosotras las mujeres no basta con hablar, sino también ver qué se habla y cómo se habla. Yo me di cuenta que cuando yo hablaba lo que hacía era decir lo que otros esperaban y repetir cosas dichas por otros. Eran ideas y discursos que me habían inculcado otros y no palabra propia, palabra de mujer. Pero ahora ya no uso palabras prestadas como antes, sino mis propias palabras, lo que soy capaz de decir desde mi vida y mi experiencia. En nuestra organización de mujeres nos estamos ayudando a recuperar la palabra y a poder decir con confianza y firmeza: esta boca es mía. Esto lo estamos haciendo a través de los talleres de canto y de teatro. A través del canto y del teatro nos estamos educando en los derechos de las mujeres y estamos denunciando las cosas que están pasando en nuestro pueblo. Otras veces el canto y el teatro buscan recuperar y recrear nuestras raíces culturales. Cada producción y cada actuación nos llenan de ánimo y también la disfrutamos mucho y hacemos que otras mujeres y hombres aprendan disfrutando y vayan teniendo relaciones más humanas y actitudes más dignificantes. Hemos desafiado al miedo y así hemos vencido el mutismo. Esto es sólo un paso, pero es fascinante ver lo que podemos hacer cuando abrimos la boca y nos atrevemos a pronunciar nuestra propia palabra y a decir con convicción: esta boca es mía. Mi boca, que era una zona oprimida, poco a poco se fue convirtiendo en zona liberada. Y hoy aquí estoy mostrando que mi boca es el lugar de la canción y del clamor, del grito y de la rebeldía. Mi boca sabe cantar también la esperanza, lo que anhelo. Mi boca sabe esbozar esa sonrisa libre y abierta al soñar un futuro que acoja mi palabra de mujer.
Hace mucho frío esta noche y es el día del padre, no creo que tengamos mucho trabajo. Que ganitas de irme pronto al piso, pero haya clientes o no hasta las 5 no puedo aparecer por allí porque la cama está ocupada por Sheila. Estará agotada la pobre , le dolerá todo el cuerpo. Anoche tuvo servicios especiales en una fiesta de empresarios Odio estos malditos tacones. No son bueno para tantas varices como tengo en las piernas. Hace dos noches hubo redada, salí de estampida pero no sè como la policía se quedó con mi mochila y mi ropa que estaba adentro. ¡Que vergüenza coger el tren y regresar al piso vestida con ropa de trabajo!.¡Ahora si que los vecinos no tendrán ninguna duda que no somos un grupo de estudiantas que estamos con un pariente como les habíamos dicho! El otro día en el ascensor el portero me pidió que se la chupara y el muy cerdo quería que se lo hiciese de gratis. Hace dos noches estuve con un hombre al que le había
dejado su mujer , no quería mas que llorar y dormir pegado a mi
cuerpo en el hotel donde la conoció por vez primera . Estos servicios
no son los normales, no me gustan . Me ponen triste y me hacen recordar
cosas del pasado que no consigo enterrar . Fue él quien me propuso trabajar con unos amigos
suyos que organizaban fiestas y espectáculos. Me dijo que siempre
sería mi protector porque yo era su niña, que yo valía
mucho, tenía mucho futuro por delante y sus amigos eran gente influyente,
podían promocionarme e incluso si quería poder hacer algunos
estudios . Ha pasado ya bastante tiempo de todo aquello, poco a poco
me he ido haciendo a este trabajo y también he aprendido a defenderme,
Algunas otras mujeres me ayudaron a ello. Soy buena en mi trabajo. No me gusta pero hoy por hoy es
mi única manera de sobrevivir. Tengo buenos clientes. Quizás
de aquí a unos años pueda pagar la multa y quedar en libertad.
Cada vez que me follan, cada vez que finjo placer o sumisión
ante el pene ridículo de mis clientes siento como una fuerza dentro
de mi que me dice : Tu no eres sólo unas piernas abierta
y un agujero donde los hombres vacían sus frustraciones y deseos
insatisfechos . Me follan pero no me poseen 4. LO QUE HAY EN MI PECHO Nunca me había puesto a pensar en esto. Pero he aquí que hoy he recordado algunas cosas que vivo como mujer. Yo tengo capacidad de alimentar. Me he hecho comida muchas veces para mis cuatro criaturas. Entre ellos y yo hay lazos de sangre y leche. En mi vientre mis bebés tuvieron su primera casa; y en mi pecho, la primera comida y la primera ternura. Sí, mi pecho es comida, mi pecho es ternura. En él está lo que nos hace crecer y desarrollarnos como personas: la comida y la ternura, la bebida y el afecto. Las mujeres nutrimos al mundo. Somos las que producimos más de la mitad de todos los alimentos. Sin embargo, ¡qué contradicción!, cuando hablamos de gente hambrienta, literalmente estamos hablando de mujeres, de niñas y niños. Yo soy alimento, yo nutro al mundo. Pero, ¿quién me alimenta a mí?¿Quién alimenta a las mujeres en este mundo de hambrientas? ¿Quién sacará de la desnutrición a las niñas de los países subdesarrollados? ¿Cuándo dejará el hambre de tener rostro de mujer? En mi país la situación se ha puesto tan dura. A duras penas comemos una vez al día unas tortillas de maíz con sal y con chile picante. La situación y la historia de los pobres y la comida, de las mujeres y la comida es tan dramática De niña, recuerdo que teníamos la barriga muy grande. Dicen que teníamos unos animalitos dentro. A veces mi abuela nos hacía comer unas yerbas para matar a esos bichitos, antes que ellos nos comieran a nosotros, me decía ella. En mi casa mi mamá y mi papá decían que las mujeres necesitábamos comer menos que los varones. Ellos necesitaban comer más. Así que a mis hermanos les daban el doble de tortillas que a las mujeres. Había algunos días en que por alguna ocasión hacíamos comida especial. Entonces matábamos un pollo. Recuerdo el reparto de las partes del pollo: piernas, contra muslo y pechuga para mi papá y mis hermanos. A mi mamá y a mis hermanas siempre nos tocaban las alas, las costillas y las patas con que las gallinas escarban la tierra. Después de todo, terminamos diciendo que era que nos gustaba más comer esas partes del pollo. Ahora me doy cuenta lo que quieren decir esas cifras que escuché ayer en la radio: de todos los desnutridos del mundo, el 74 % somos mujeres. Ahora entiendo por qué. La desnutrición tiene rostro de mujer. Pero cuando escucho las noticias, dicen que nunca antes la producción de alimentos había sido tanta. Sí, dicen que hay mucha comida. Yo no la veo. No sé dónde está. Abunda la comida y también abunda el hambre. ¡Qué vergüenza! ¡Qué blasfemia! Mi anhelo más grande, junto con el de muchas vecinas
más, era no dejarnos morir de hambre, encontrar qué comer.
Así pasé a entender que no sólo tenía que
ser comida para mis hijos, sino comida para los hijos e hijas de la comunidad.
En nuestro pecho el anhelo más grande era poder comer, ofrecer
aquello que nos ayuda a crecer como seres humanos. Pero yo también me he dado cuenta de que aunque la desnutrición es nuestro principal problema, también hay otras desnutriciones, otras cosas que nos mantienen débiles y no nos dejan crecer. En nuestras familias hay mucha violencia, sobre todo hacia mujeres y niños y niñas. A mí me duele tanto el hambre como los maltratos y las humillaciones de que éramos víctimas las mujeres y los niños. Entonces empezamos la campaña de educación sobre cómo nutrir mejor nuestro cuerpo y nuestro espíritu para responder a esas dos ansias que vibraban en nuestro pecho. Así, simultáneamente con la iniciativa de la olla de comida común, empujamos una campaña de educación para superar y prevenir las relaciones agresivas en el seno de la familia y la comunidad. La campaña la llamamos ni golpes que duelan ni palabras que hieran. Lo que queríamos era que en las familias y en las escuelas y en todas partes empezáramos a educar con ternura. En cuanto a comida y ternura, les cuento que todavía nos falta mucho. Pero hemos dado un paso importante. Hemos decidido no dejarnos morir de hambre ni dejarnos matar por la violencia. Yo sé que hay que ir más lejos, pero para eso hay que tener un poco más de fuerza. Por lo pronto, estamos intentando sobrevivir, que el hambre no nos borre de la faz de la tierra. Y ahora, para terminar déjenme contarles un sueño que he tenido anoche. Sí, un sueño, porque a los pobres el hambre no nos impide soñar. He soñado que había una mesa grande, redonda como el mundo. En ella estábamos sentados por igual mujeres y hombres, niños y niñas, ancianos y ancianas, gente que representaba todos los lugares de la tierra, todas las culturas. Y allí estábamos compartiendo la comida en una amistad y hermandad sin fronteras, ni prejuicios ni discriminaciones. Y me digo que esto no puede ser sólo un sueño. Hemos de seguir resistiendo y luchando para que esto llegue a ser realidad. Creo que llegará ese día en que nos podamos sentar a la misma mesa hombres y mujeres y podamos comer, reír, celebrar el que la comida y la ternura lleguen a todos y todas.
Soy nieta de una campesina analfabeta e hija de una madre casada a la fuerza con un comerciante. Ambas se empeñaron porque mi vida no fuera repetición de la suya y entendieron que la escuela y la universidad era fundamental para ello. Ambas tuvieron siempre una pasión oculta : dominar la escritura y acceder a lecturas prohibidas y ambas pusieron en mí el deseo de ser maga en el arte de combinar alfabetos y descifrar palabras. Soy escritora. Pero yo, hasta donde me llega la memoria vine al mundo
con unas manos transgresoras cuyo tacto busca siempre el placer de lo
prohibido. Mis manos, sin embargo, pasaban páginas y páginas
de textos devorándolos , si en ellos se preguntaban los por qué
de las cosas , por eso mi tacto se familiarizó con la filosofía
y la ciencia. Soy psiquiatra mis manos han tocado los cuerpos enfermos por rigidez o hambre de caricia de muchas mujeres cuya salud mental ha quedado herida para siempre al sentirse prisioneras en harenes y burkas de muchas clases. Ahora en esta prisión en la que me encuentro, a la espera de una amnistía prometida que nunca llega, mi cabeza y mi corazón toman alas nuevamente en mis manos transgresoras para hacerse palomas mensajeras. En papel de water y con el lápiz de cejas que me han prestado escribo estas reflexiones para mis compañeras de la organización de Derechos Humanos : "Nuestra solidaridad es nuestra fuerza. Asumamos nuestra diversidad en las luchas. Hemos de tener confianza en nosotras. Que nuestras diferencias no nos dividan Ser feliz es hacer lo que amamos. La creatividad se relaciona con el amor. Nuestras vidas son una prueba de fuego, una lucha por la libertad y la dignidad propia y ajena. No tengamos miedo a ser diferentes, a desarrollar nuestro pensamiento crítico, a tener el valor de cuestionarlo todo : tu padre, tu matrinomio, tu Dios, todo menos el derecho a la vida en abundancia y la felicidad plena de las más humilladas. " Y mientras escribo un temblor húmedo recorre mi rostro y siento invisiblemente las manos de miles de mujeres del mundo: intelectuales campesinas, prostituidas, refugiadas, artistas, cuyas manos transgresoras , secan mis lagrimas, y me invitan a seguir resistiendo y luchando hasta que la vida sea una danza inclusiva, sin velos, una fiesta permanente y definitiva para todas . 6. DEJEN QUE HABLE MI PIEL La piel que me queda está pegada a los huesos. Mi piel está desgarrada y llena de cicatrices dejadas por los golpes y por el paso del tiempo. Esas cicatrices reflejan las cicatrices que hay en mi interior porque mi cuerpo, mi piel, tiene su interioridad. Pero las cicatrices más profundas son aquellas que ahora ustedes no ven: son las cicatrices del corazón. ¡Si mi piel pudiera hablar! ¡Si alguien escuchara mi piel! Mi piel es como una parábola de la piel de mi pueblo y de la piel de la creación. Miro mi vida, miro a mi pueblo, miro la naturaleza Todas, todos, estamos desgarrados. La guerra, la violencia, el hambre han dejado la piel de mi pueblo hecha mil jirones. Después de más de 30 años de guerra, el tejido social de mi pueblo está roto, nuestras comunidades y organizaciones han sido tan apaleadas y hoy su piel está resquebrajada. Así ha quedado nuestra piel de pueblo: despedazada y llena de remiendos. El hambre, la falta de medicinas y la carencia de agua, nos han dejado con la piel pegada a los huesos. Aquí estoy, aquí estamos con el tejido de la piel todo roto. Quizá les impacte mirar mi pellejo porque estamos acostumbradas a mirar pieles cuidadas, hidratadas, blancas, tersas y lozanas a base cosméticos, de esos miles de millones de dólares que unos cuantos y unas cuantas se gastan en cosméticos, mientras muchos morimos de hambre. Mi piel no está hidratada. En mi país el agua escasea. Estas arrugas que tengo son las huellas de las distintas situaciones que he vivido. Las heridas me han dejado estas cicatrices. Tengo cicatrices en la espalda. Son de los golpes que me dio mi padre siendo niña. Luego, mi tejido vaginal desgarrado porque mi padrastro me manoseaba y me violaba. Nunca fui a la escuela, decían en mi casa que educar a las chicas era un desperdicio. Es duro el que no te permitan ir a la escuela, pero por otro lado sé que me libré de otra humillación más. Así me libré de los golpes y discriminaciones del maestro que pensaba que las mujeres negras no teníamos cerebro para los estudios. En cambio, me tuve que quedar en casa y así tengo esta cicatriz de aquella vez que me quemé mientras hacía la comida para mis seis hermanos. Como la situación era tan dura, mi familia se fue a vivir a la capital. Vivía en un barrio que era muy pobre, pero lo más duro era la violencia, las balaceras diarias. Ya no sólo era el miedo a los soldados y a la guerrilla, sino también a las pandillas que eran usadas por el poder político-militar. Tanto para los soldados como para los pandilleros, el cuerpo, la piel de las mujeres, siempre fue un territorio político. Las venganzas se ejecutaban en la piel de nosotras las mujeres. Y así unos violaban y torturaban a las mujeres que correspondían a la zona del bando contrario. Mi piel ha sido también botín de guerra. Me golpearon y me violaron un día que regresaba del mercado. ¡No sé cómo estoy viva! Después me casé. Y he aquí más señales en mi piel. Esta cicatriz en la cara me la dejó mi esposo aquel día que me hirió. Este ojo lo perdí a causa de los golpes que me daba. Pero logré liberarme de este hombre que tanto me maltrataba. Después, entré a una organización de mujeres, desde la cual luchábamos por el derecho a una vivienda digna para los desplazados de guerra y para las viudas y los huérfanos. Nuestra organización creció mucho, tuvimos muchos logros y también persecución. Un día a mí me secuestraron y me torturaron. Estuve siete años en una cárcel clandestina donde los guardias de turno me desnudaban, me violaban, encendían cigarrillos y los apagaban en mi piel. Poco a poco el miedo se me concentrando en el cuerpo, hizo su lugar en mi piel. Y sin embargo, considero que esta piel mía es bella y rica, es memoria de sabiduría y de resistencia. Aquí en mi piel está grabada la huella del tiempo; llevo muchas marcas, llevo impresa la vida de mi pueblo. Llevo la memoria de mi vida, la memoria de mi pueblo y de mi cultura grabada en la piel. La huella de los años me ha enseñado a cuidar mi piel y a cuidar la piel de la otra y del otro, la piel del pueblo y la piel del cosmos. Ponerse en la piel de la otra y del otro, de la tierra a la que también el patriarcado le ha arrugado la piel. Tanto la hemos herido y manoseado... Todo es la misma realidad: yo soy como una prolongación de la piel del mundo y la piel del mundo se concretiza en esta piel. Como la tierra, mi piel hoy también es excluida porque ahora no rindo, no aporto ganancias al sistema. Una vez, en mis años jóvenes, mi piel tenía un valor comercial. Era cotizada como fuerza de trabajo y como objeto de placer. Hoy ya soy vieja. Los pliegues de mi piel no valen nada ante los ojos de quienes tienen el poder de señalar lo que vale y lo que no vale. Piel de mujer, piel de negra, piel de pobre, piel de anciana Una piel que no vale. El color de la piel tiene un valor social y un valor moral. Así mi piel ha sido como una frontera. Por el color de mi piel, mucha gente no se me acercaba o se acercaba con miedo y con prejuicios. Pero lo que más me dolía era que, por el color de mi piel, muchos sospechaban que no era buena persona. En un momento incluso llegué a creer que tal vez las mujeres negras no estábamos tan cerca de Dios porque siempre me lo han presentado como un hombre blanco. En cambio, el diablo siempre era negro. Pero hoy ya sé que en esta piel mía, piel
de mujer, de negra, de pobre, de anciana, Dios también se manifiesta.
Sí, Él ha estado presente no sólo en esta historia
de dolor y sufrimiento, sino también todas esas veces que me he
deleitado haciendo memoria de caricias dadas y recibidas, de acogida a
mi color y a mis arrugas, del recuerdo de las caricias de la brisa y de
la lluvia, del sol y del mar. Mi piel es cósmica, es mi piel y
la piel de pueblo, la piel de mundo, la piel de Dios. Esta piel guarda
la memoria no sólo de las heridas y humillaciones, sino que detrás
de estos pellejos casi pegados a los huesos, hay un gran tesoro. Esta
piel tiene grabada no sólo la memoria de la opresión, de
las violaciones y las torturas, sino también la memoria de la resistencia
y de la liberación de muchas otras compañeras que arriesgaron
el pellejo y que abrieron nuevos caminos. Aquí estoy: llena de
arrugas y de sabiduría, de resistencia y de memoria de lucha, de
vida y muerte, de liberación. A lo largo de los años que
he vivido, me han despojado y desnudado de muchas cosas. Pero la piel
siempre me ha seguido vistiendo y me ha ido mostrando que detrás
de mis arrugas y mis cicatrices hay una fuerza escondida y una esperanza
indomable que, a pesar de mis 70 años me hace seguir soñando
y luchando por un futuro digno para todas.
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