Foro: ESPIRITUALIDAD: CORPOREIDAD Y RESISTENCIA
Marcha Mundial de las Mujeres. Mayo 2004

María José Torres Pérez
Geraldina Céspedes


Hablar de espiritualidad es hablar de nuestras experiencias más hondas y las experiencias más hondas de las mujeres siempre están referidas a
nuestra corporeidad y nuestra resistencia.
Las espiritualidades feministas, llamemos como llamemos a la energía empoderante que nos habita (ruah, sophia, baram, spirit, etc ) nos empujan siempre a:
. Darnos a luz a nosotras mismas, más allá de todo estereotipo o barrera y al hacerlo hacernos también parteras de los nuevos despertares de otras mujeres.
. Buscar alternativas al orden socio-económico y patriarcal imperante, propiciando redes y alianzas entre nosotras.
. Redescubrir el cosmos como una totalidad (holístico) en el que estamos inmersas y a disfrutar de toda vida de una manera nueva.

Las antropologías y teologías feministas recuperan la centralidad del cuerpo como realidad biológica, sexuada, producción de energía, capacidad creativa, como lugar de presencialización de lo que somos , desde donde nos relacionamos y nos trascendemos.

En nuestros cuerpos llevábamos grabada la liberación y la opresión, la justicia y la injusticia, la igualdad y la desigualdad, la violencia, el amor y la ternura. Como dice Ivone Gebara, "partir del cuerpo es partir de la primera realidad que somos y conocemos. Es afirmar y reconocer su maravilla, admitiendo la imposibilidad de cualquier cosa sin él".

El cuerpo es lugar de revelación y de manifestación de nuestros miedos, nuestras alegrías y esperanzas, nuestros deseos y anhelos más profundos. El cuerpo es la realidad que no engaña. Tiene su propio lenguaje. El beso, el abrazo, el apretón de manos, la risa, el llanto son formas humanas de comunicación y expresión humana. Es el cuerpo el que se transforma en lágrimas, en gritos de dolor, en escalofríos, en risas y caricias, en descanso y movimiento, es el que se transforma en ritmo al escuchar la música.

El cuerpo es lugar de encuentro con nosotras mismas, con nuestras debilidades y nuestras fuerzas, con nuestras heridas y nuestros temores, con nuestra capacidad de gozar y de disfrutar, de estremecernos, de encogernos o encorvarnos, de expandirnos. La libertad o la represión se expresan en nuestro cuerpo.

El cuerpo es espacio de encuentro con otras personas: con otras mujeres y otros hombres. Es en nuestro cuerpo donde experimentamos el amar y ser amadas, donde nos reconocemos y acogemos nuestra necesidad de cercanía. Es en nuestro cuerpo donde podemos vivir la comunión profunda con las personas, el placer más hondo del encuentro. Nuestro cuerpo sintoniza con el lenguaje de otros cuerpos: siente la frialdad, la distancia o el calor de la cercanía, la alegría del encuentro o el dolor de la separación o del rechazo, las miradas que se cruzan o que se evitan, el tacto que recrea o que golpea.

El cuerpo tiene una dimensión de interioridad, no es un cascarón vacío de sentido ni de significado. Necesitamos rescatarlo como espacio, lugar de liberación. El cuerpo es la casa donde yo habito. Las mujeres tenemos que apropiarnos de nuestro cuerpo, liberar, celebrar y gozar nuestro cuerpo.

El cuerpo es lugar de encuentro con el cosmos. Sentir los latidos de nuestro corazón al ritmo del latir de la vida en la naturaleza. Dejar que nuestra retina se pueble del verdor de los campos, del colorido de las flores y los montes. Escuchar el susurro del río y el canto de los pájaros. Dejar que la noche y el día, las estaciones, sintonicen con los cambios y tiempos de nuestro cuerpo. Las mujeres llevamos los ritmos de la naturaleza dentro de nuestro cuerpo. Hay una relación de connivencia entre el cuerpo de la mujer y la creación. Nuestro tiempo es también tiempo cósmico. Los ciclos de la naturaleza están metidos en nuestro cuerpo que marca una manera de concebir el tiempo.

El cuerpo es el lugar donde experimentamos el mundo. Por eso para las mujeres, el cuerpo ha dejado de ser algo individual para ser una categoría social con dimensiones políticas. Los proyectos de liberación tienen su arraigo en el cuerpo. También las injusticias sociales, los sufrimientos, el sexismo, el racismo, el clasismo se expresan en el cuerpo, son una negación del cuerpo. Por eso la resistencia de las mujeres se expresa en el cuerpo.

Cuando negamos el cuerpo, negamos la realidad. La negación sólo es posible cuando no escuchamos ni vemos el cuerpo, cuando separamos nuestra mente de nuestro cuerpo. Nuestra mente puede negar lo que estaba sucediendo con los cuerpos de las mujeres presas iraquíes sus cuerpos violados, torturados no dejan mentir.

Nuestro cuerpo percibe, siente, escucha la realidad y no permite que nos engañemos. Por eso los cuerpos cubiertos de las mujeres por los distintos tipos de burkas y en distintas clases y harenes1 son una manera eficaz de invisibilizar y negar la identidad de las mujeres y su derecho a la libertad y a la vida en abundancia .

El cuerpo es lugar de la resistencia activa que nos permite mover las aguas patriarcales de lo sagrado y de todos los espacios y derechos que aun se nos siguen negando a las mujeres.

Las mujeres mostramos en nuestro cuerpo el poder de los agresores y los explotadores. Pero también nuestro cuerpo muestra la fuerza de la vida, la capacidad de resistencia, la capacidad de alimentar la disidencia ante un sistema que nos ahoga y nos quiere matar, como las mujeres de Chiapas que formaban barrera con sus cuerpos para que el ejército no entrara a arrasar sus campos de café, o las mujeres del Movimiento Chipko encadenadas a los árboles para que sus árboles no fueran talados.

Es en nuestro cuerpo que se dibuja la vida, la dignidad, la solidaridad, la ecojusticia. Los cuerpos de las mujeres son registro y memoria de nuestra historia personal socio-cultural y política.

Una de las estrategias del patriarcado y sus espiritualidades a lo largo de la historia es la de aislar, separar, dicotomizar, fragmentar. Entender el cuerpo de la mujer como cuerpo social implica que ningún camino de crecimiento o liberación lo hacemos en solitario, que aunque todo camino requiere ser andando por los propios pies y la identidad es una identidad individual, (mismidad) es al mismo tiempo una identidad social, colectiva, sororal.
Por eso cada mujer que se va dando a luz a sí misma, nos ayuda al resto a hacer lo mismo; cada historia de mujer que se va recomponiendo de manera nueva recompone también la nuestra y nos empodera para hacerlo.

Por eso es muy importante narrar nuestras historias.

Narrar nuestras historias es la forma de darnos poder unas a otras, de comunicarnos la capacidad de poder ser que habita dentro de cada una de nosotras y que pide plenitud y abundancia. La vida de las otras se convierte en palabra y alimento para la nuestra y así, en una espiral ilimitada.

Narrar nuestras historias aumenta en nosotras el deseo de liberación y de utopía, y nos compromete a seguir empoderándonos y a empoderar para que el poder no sea nunca monopolizado por nadie.

Y ahora vamos a escuchar nuestras historias; historias de nuestros cuerpos, de nuestras resistencias y de nuestras esperanzas.


HISTORIAS DE CORPOREIDAD Y RESISTENCIA

1. LOS PIES EN LA FRONTERA 2
No puedo recordar cuantos kilómetros llevo recorridos ...

Y siempre el camino por delante,
un camino nunca claramente diseñado sino que lo voy haciendo con el marcaje de mis pasos....
Un camino que desde hace años me conduce siempre a las fronteras como lo ha hecho a otras mujeres antes que a mí y lo seguirá haciendo .
Una fuerza interior incontenible me empuja a abandonar lo que amo porque es demasiado doloroso seguir siendo testigo de lo que los hombres de la guerra están haciendo en mi país.
Dejar la tierra es dejarlo todo, quedarte sin raíz, pasar a ser una desplazada sin identidad, con un pasado que a nadie le interesa y un presente incierto y forastero en todo lugar .
Todavía recuerdo cuando tomé la decisión de marcharme aquella noche que los soldados entraron en mi casa y comprendí entonces que aquella no sería su única visita.
Antes que amaneciera cogí todo lo que pude, agarré a uno de mis hijos a mi espalda y al otro por delante para que pudiéramos caber los tres en la bicicleta y así llegué a la ciudad de Gasamanzuki donde me encontré con mucha gente como yo .

No teníamos ayuda de ningún tipo. No podíamos dormir, nuestros hijos lloraban porque no había comida, hacía frío y llovía. Después de unos días la zona fue atacada por otros soldados mucha gente murió. Algunas personas escaparon con sus hijos, recuerdo que había mujeres con gemelos que se llevaban a uno, dejando al otro abandonado o perdido.

Yo huí y huí, recorrí cientos de Kilómetros y viví escondida en los árboles muchas veces. La fuerza de mis antepasadas me empujaba y empujaba siempre a la vida. “No te rindas. Esta pesadilla no puede ser para siempre, en algún lugar, al otro lado podrás ejercer tu derecho a la vida para ti y para tus hijos y los hijos e hijas de otras mujeres”.

Por fin llegué a este otro lugar de la frontera y aquí me convertí en refugiada.

Al principio no sabía muy bien lo que significaba esta palabra y reconozco que me costó mucho aprenderla.

Recuerdo una vez que un grupo de niños jugaban ruidosamente en la calle y les pedí que se marcharan a jugar a otro lugar que no fuera debajo de mi ventana y el más pequeño de ellos, muy airado me contestó que aquel era su país y que no era el quien tenía que marcharse. Otra vez estaba yo en el grifo del agua público, acababa de llenar ni contenedor y otra mujer me lo cogió gritándome que ella tenia prioridad .

Durante mucho tiempo en mi vida no quise ver más que dolor y vergüenza. Hoy sé que ser refugiada es ser una superviviente y aprender a luchar por la vida a cualquier precio. Desde hace ya algún tiempo participo en una organización de mujeres .Juntas nos ayudamos a empezar de cero, a contarnos nuestras historias y a no dejar que la rabia siga dañando nuestra vidas sino que se transforme en lucha por nuestra dignidad y nuestro derechos.

Acogemos a nuevas mujeres que llegan y recordamos canciones y tradiciones de nuestros países que nos llenan de coraje y esperanza:

“En algún lugar una mujer espera
a su hombre, a su hijo
a aquellos que nunca volverán...
y aguanta no se sabe como ...
aun entre los escombros del miedo y de la guerra
Mientras los hombres soldados juegan a la muerte
En algún lugar una mujer ofrece al mundo
una artista: una niña que canta y baila,
sueña y teje un poema
alrededor del universo
sumergiendo el útero
para dar nacimiento a una célula
hundiendo el agujero
para dar a luz a a primavera de la vida
Desde donde a tierra nacerá
para encontrarse con el cielo.
Conocer nuestro dolor
Es conocer nuestra alegría
En algún lugar una mujer se alegra y se libera .


2. ESTA BOCA ES MÍA
Romper el silencio/tomar la palabra: biografía de un proceso

Ahora mismo mi boca se abre para hablar. Y esto me hace recordar todo el tiempo en que he vivido como si fuera muda, como si fuera insignificante usar la boca. Con la boca hablo, como, gesticulo, beso, silbo, grito y canto. Esto es tan importante.

Recuerdo que en mi casa hablaba mi papá y en casa de mi abuela, hablaba mi abuelo. Sobre todo cuando había visita, las mujeres no nos atrevíamos a entrar en la conversación o en la discusión. Nos enseñaron que una buena mujer tenía que permanecer callada. Así me acostumbré a callar. Porque cada vez que intentaba hablar, mi papá y mi mamá me decían que cada vez que habría la boca era para decir tonterías y estupideces, que debía aprender que una mujer decente tenía que permanecer callada.

Después, mis maestros en la escuela me enseñaron casi lo mismo que en mi casa. Hay que ver, oír y callar. También en mi religión siempre los predicadores eran hombres, ellos hablaban, actuaban y disponían las cosas.
Nos aconsejaban y nos invitaban a resignarnos y aguantar. Y a nivel político, ni qué decir. Me tocaron los tiempos de la dictadura. No nos atrevíamos a hablar ni a expresar nuestras opciones. Eran tiempos de mordaza a la prensa y de censura. Y había mucho de qué hablar, pero teníamos que callar ante el poder destructor de los fuertes.

La boca mía se mantenía cerrada. Siempre me enseñaron que no tenía voz, que no tenía nada importante que decir. Entonces me acostumbré al silencio. Me daba miedo hablar. Y lo adopté como un rasgo que llevaba pegado a mi condición de mujer. Nunca emití una queja, ni una palabra. Callaba, aguantaba y así que llegué a creer que el tener voz, el poder decir la propia palabra era un privilegio que no me correspondía por mi simple condición de mujer.

Pero la terrible situación que vivía nuestro pueblo, nos llevó a levantar nuestro clamor ante el descubrimiento de los cementerios clandestinos. Hacía mucho tiempo que todas las mujeres sabíamos dónde podían estar los huesos de nuestros esposos y de nuestros hijos e hijas. Así que fuimos a poner la denuncia al Ministerio Público y a exigir que se autorizara al equipo de antropólogos forenses que nos ayudarían a encontrar los restos de nuestros familiares, quienes habían desaparecido hacía más de diez años. Era la primera vez que un grupo de mujeres viudas dejaba escuchar su voz en un caso como éste. A raíz de nuestra denuncia, otros colectivos de mujeres familiares de los desaparecidos durante los años de represión comenzaron a organizarse y a exigir que se exhumaran los restos de sus familiares y que el Estado resarciera a las víctimas. Este fue un paso muy importante. No sé ni cómo tuve valor para hablar y para meterme en un lío tan serio que me ponía en riesgo. Creo que tuve ánimo de hablar porque no estaba sola: no sólo era mi voz, eran muchas voces las que sonaban junto a la mía.

Después, con otras mujeres nos organizamos porque nuestras niñas y niños estaban siendo llevados a un supuesto programa de ayuda a los hijos de las viudas. Organizaban paseos y actividades de tres días, de una semana por allá cerca de la zona turística. Nuestros niños regresaban con algo de dinero que unos extranjeros supuestamente les daban a cambio de que se sacaran fotos con ellos. Hasta que descubrimos el engaño: Nuestros hijos e hijas estaban siendo explotadas sexualmente. Yo estaba destrozada por la rabia y el dolor que esto me provocaba. No tenía palabra, sino un nudo en la garganta. Entonces nos juntamos las madres a llorar juntas nuestra pena y nuestra indignación. ¿Qué podemos hacer? nos preguntábamos. Comenzamos hablando de esta terrible situación. Lo primero que mi boca lanzó fue un grito, un quejido. Teníamos tanto dolor. Y desde esta indignación y este dolor, articulamos nuestra palabra. Nos dimos cuenta que teníamos algo que decir y qué hacer. Nos vimos empujadas a abrir nuestra boca y expresar nuestra palabra. Lo primero que nuestra boca produjo fue una palabra de denuncia. Me fui con las otras mujeres a poner la denuncia contra la explotación sexual infantil. Ante tanto ultraje, no podíamos seguir en silencio. Nuestra palabra fue capaz de levantar una ola de protesta de muchos sectores y juntos logramos que se enjuiciara a los culpables de explotar a nuestros hijos. Hoy estoy convencida que mientras haya injusticias, explotación y desigualdad en nuestro pueblo, yo seguiré levantando mi voz.

Recuerdo que las primeras veces que yo me atreví a decir mi palabra en público, hablaba agachada, encorvada, me tapaba la boca, ocultaba mi voz, hablaba bajo. Tenía tanto miedo. La inseguridad se había encarnado en mi lengua. Pero había dado un paso: hablaba. Todavía estaba encogida, en voz baja y temblorosa, pero hablaba. Después me fui liberando de este miedo y de esta inseguridad y ya no me costaba tanto el hablar y expresar lo que sentía y lo que pensaba.

Pero después me di cuenta que para nosotras las mujeres no basta con hablar, sino también ver qué se habla y cómo se habla. Yo me di cuenta que cuando yo hablaba lo que hacía era decir lo que otros esperaban y repetir cosas dichas por otros. Eran ideas y discursos que me habían inculcado otros y no palabra propia, palabra de mujer. Pero ahora ya no uso palabras prestadas como antes, sino mis propias palabras, lo que soy capaz de decir desde mi vida y mi experiencia.

En nuestra organización de mujeres nos estamos ayudando a recuperar la palabra y a poder decir con confianza y firmeza: esta boca es mía. Esto lo estamos haciendo a través de los talleres de canto y de teatro. A través del canto y del teatro nos estamos educando en los derechos de las mujeres y estamos denunciando las cosas que están pasando en nuestro pueblo. Otras veces el canto y el teatro buscan recuperar y recrear nuestras raíces culturales. Cada producción y cada actuación nos llenan de ánimo y también la disfrutamos mucho y hacemos que otras mujeres y hombres aprendan disfrutando y vayan teniendo relaciones más humanas y actitudes más dignificantes. Hemos desafiado al miedo y así hemos vencido el mutismo. Esto es sólo un paso, pero es fascinante ver lo que podemos hacer cuando abrimos la boca y nos atrevemos a pronunciar nuestra propia palabra y a decir con convicción: esta boca es mía.

Mi boca, que era una zona oprimida, poco a poco se fue convirtiendo en zona liberada. Y hoy aquí estoy mostrando que mi boca es el lugar de la canción y del clamor, del grito y de la rebeldía. Mi boca sabe cantar también la esperanza, lo que anhelo. Mi boca sabe esbozar esa sonrisa libre y abierta al soñar un futuro que acoja mi palabra de mujer.


3. PIERNAS Y SEXO ROBADOS

Hace mucho frío esta noche y es el día del padre, no creo que tengamos mucho trabajo. Que ganitas de irme pronto al piso, pero haya clientes o no hasta las 5 no puedo aparecer por allí porque la cama está ocupada por Sheila. Estará agotada la pobre , le dolerá todo el cuerpo. Anoche tuvo servicios especiales en una fiesta de empresarios

Odio estos malditos tacones. No son bueno para tantas varices como tengo en las piernas.

Hace dos noches hubo redada, salí de estampida pero no sè como la policía se quedó con mi mochila y mi ropa que estaba adentro. ¡Que vergüenza coger el tren y regresar al piso vestida con ropa de trabajo!.¡Ahora si que los vecinos no tendrán ninguna duda que no somos un grupo de estudiantas que estamos con un pariente como les habíamos dicho! El otro día en el ascensor el portero me pidió que se la chupara y el muy cerdo quería que se lo hiciese de gratis.

Hace dos noches estuve con un hombre al que le había dejado su mujer , no quería mas que llorar y dormir pegado a mi cuerpo en el hotel donde la conoció por vez primera . Estos servicios no son los normales, no me gustan . Me ponen triste y me hacen recordar cosas del pasado que no consigo enterrar .

Cuando él lloraba y se echaba sobre mí me recordó hace mucho tiempo.... cuando vivía en mi país y conocí a Nikolay y el sexo me explotaba por dentro y se me llenaba de flores después de amarnos.

Nicolay apareció en mi vida cuando buscaba cómo irme de casa y escapar de mi padre. Me lo presentó una amiga. El me dio las llaves de su piso y me dijo que podía quedarme allí todo el tiempo que quisiera, era un hombre educado, mayor que yo, seguro de sí, me trataba como nunca nadie lo había hecho, cocinaba para mí, me compraba ropa elegante, me llevaba a conocer sitios impensables y también -aun me estremezco al recordarlo- me acariciaba el sexo de manera que creía tocar el cielo.

Fue él quien me propuso trabajar con unos amigos suyos que organizaban fiestas y espectáculos. Me dijo que siempre sería mi protector porque yo era su niña, que yo valía mucho, tenía mucho futuro por delante y sus amigos eran gente influyente, podían promocionarme e incluso si quería poder hacer algunos estudios .

Me proporcionó un viaje a España y quedamos en que él vendría una semana después porque tenía que arreglar unos asuntos.

Al llegar al aeropuerto Barajas me esperaban sus amigos. Me pidieron mis papeles para facilitarme unas gestiones y todavía no los he recuperado.

Me llevaron a un club de carretera, durante mucho tiempo no supe lo que estaba pasando hasta que me lo explicaron a base de palizas y de negarme la comida.

Algunas mujeres me ayudaron y me hicieron darme cuenta que tenía que aprender a vivir en ese lugar. Yo no entendía ni la lengua.

Al principio, como era la más joven, me depilaron el pubis y me vistieron de colegiala para hacer un numerito.
Todo aquello fue muy doloroso para mí, porque me recordaba además el infierno de mi infancia y los manoseos babosos de mi padre.

Ha pasado ya bastante tiempo de todo aquello, poco a poco me he ido haciendo a este trabajo y también he aprendido a defenderme, Algunas otras mujeres me ayudaron a ello.
Sé que lo que hago lo hago bien.
Algunos de mis clientes son amables, pero la mayoría lo que quieren es probar sus fantasías sexuales de poder con nosotras. Son tan ridículos.
Nunca mas he vuelto a ver ni a saber de Nicolay...
Me costó mucho entender que él era una pieza más en esta red en la que estoy metida.
Lo amé tanto...
Creí tanto en él y en la felicidad que me prometía …
Pero eso forma parte de un pasado que me sigue doliendo recordar.

Soy buena en mi trabajo. No me gusta pero hoy por hoy es mi única manera de sobrevivir. Tengo buenos clientes. Quizás de aquí a unos años pueda pagar la multa y quedar en libertad.
Sé de algunas que lo han hecho. Mi sueño es tener una tienda de ropa de niños y conozco a alguna gente que a lo mejor podría ayudarme en ello .
No quiero volver a mi país nunca más. La sombra de mi padre y de Nicolay allí me resultaría mucho más próxima.

Cada vez que me follan, cada vez que finjo placer o sumisión ante el pene ridículo de mis clientes siento como una fuerza dentro de mi que me dice : “Tu no eres sólo unas piernas abierta y un agujero donde los hombres vacían sus frustraciones y deseos insatisfechos” .
Es una fuerza que no sé de que parte de mi cuerpo me nace , pero sé que es de un lugar que no ha sido nunca tomado ni poseído por ningún hombre. Es como un orgullo interior que me da fuerza y me hace estremecerme:

Me follan pero no me poseen
Me explotan pero no estoy rendida
y eso me permite seguir deseando y buscando un futuro distinto para mí y otras mujeres.

4. LO QUE HAY EN MI PECHO
Mi pecho es alimento y ternura; mi pecho anhela alimento y ternura

Nunca me había puesto a pensar en esto. Pero he aquí que hoy he recordado algunas cosas que vivo como mujer. Yo tengo capacidad de alimentar. Me he hecho comida muchas veces para mis cuatro criaturas. Entre ellos y yo hay lazos de sangre y leche. En mi vientre mis bebés tuvieron su primera casa; y en mi pecho, la primera comida y la primera ternura. Sí, mi pecho es comida, mi pecho es ternura. En él está lo que nos hace crecer y desarrollarnos como personas: la comida y la ternura, la bebida y el afecto.

Las mujeres nutrimos al mundo. Somos las que producimos más de la mitad de todos los alimentos. Sin embargo, ¡qué contradicción!, cuando hablamos de gente hambrienta, literalmente estamos hablando de mujeres, de niñas y niños. Yo soy alimento, yo nutro al mundo. Pero, ¿quién me alimenta a mí?¿Quién alimenta a las mujeres en este mundo de hambrientas? ¿Quién sacará de la desnutrición a las niñas de los países subdesarrollados? ¿Cuándo dejará el hambre de tener rostro de mujer?

En mi país la situación se ha puesto tan dura. A duras penas comemos una vez al día unas tortillas de maíz con sal y con chile picante. La situación y la historia de los pobres y la comida, de las mujeres y la comida es tan dramática…De niña, recuerdo que teníamos la barriga muy grande. Dicen que teníamos unos animalitos dentro. A veces mi abuela nos hacía comer unas yerbas para matar a esos bichitos, antes que ellos nos comieran a nosotros, me decía ella.

En mi casa mi mamá y mi papá decían que las mujeres necesitábamos comer menos que los varones. Ellos necesitaban comer más. Así que a mis hermanos les daban el doble de tortillas que a las mujeres. Había algunos días en que por alguna ocasión hacíamos comida especial. Entonces matábamos un pollo. Recuerdo el reparto de las partes del pollo: piernas, contra muslo y pechuga para mi papá y mis hermanos. A mi mamá y a mis hermanas siempre nos tocaban las alas, las costillas y las patas con que las gallinas escarban la tierra. Después de todo, terminamos diciendo que era que nos gustaba más comer esas partes del pollo.

Ahora me doy cuenta lo que quieren decir esas cifras que escuché ayer en la radio: de todos los desnutridos del mundo, el 74 % somos mujeres. Ahora entiendo por qué. La desnutrición tiene rostro de mujer. Pero cuando escucho las noticias, dicen que nunca antes la producción de alimentos había sido tanta. Sí, dicen que hay mucha comida. Yo no la veo. No sé dónde está. Abunda la comida y también abunda el hambre. ¡Qué vergüenza! ¡Qué blasfemia!

Mi anhelo más grande, junto con el de muchas vecinas más, era no dejarnos morir de hambre, encontrar qué comer. Así pasé a entender que no sólo tenía que ser comida para mis hijos, sino comida para los hijos e hijas de la comunidad. En nuestro pecho el anhelo más grande era poder comer, ofrecer aquello que nos ayuda a crecer como seres humanos.

Así nos organizamos en mi barrio para hacer unas ollas comunes para buscar juntas una salida al problema del hambre y la desnutrición. Ha sido una iniciativa de nosotras las mujeres. Hemos juntado unos pocos centavos y compramos los productos juntas y cocinamos una sola olla. Así nos resulta más económico. También a raíz de nuestra iniciativa, un grupo de mujeres de España nos han hecho un pequeño donativo para que nos ayudemos en la compra de alimentos. Ahora ya estamos pensando en hacer un comedor infantil para garantizar a todos y todas una comida al día.

Pero yo también me he dado cuenta de que aunque la desnutrición es nuestro principal problema, también hay otras desnutriciones, otras cosas que nos mantienen débiles y no nos dejan crecer. En nuestras familias hay mucha violencia, sobre todo hacia mujeres y niños y niñas. A mí me duele tanto el hambre como los maltratos y las humillaciones de que éramos víctimas las mujeres y los niños.

Entonces empezamos la campaña de educación sobre cómo nutrir mejor nuestro cuerpo y nuestro espíritu para responder a esas dos ansias que vibraban en nuestro pecho. Así, simultáneamente con la iniciativa de la olla de comida común, empujamos una campaña de educación para superar y prevenir las relaciones agresivas en el seno de la familia y la comunidad. La campaña la llamamos “ni golpes que duelan ni palabras que hieran”. Lo que queríamos era que en las familias y en las escuelas y en todas partes empezáramos a educar con ternura.

En cuanto a comida y ternura, les cuento que todavía nos falta mucho. Pero hemos dado un paso importante. Hemos decidido no dejarnos morir de hambre ni dejarnos matar por la violencia. Yo sé que hay que ir más lejos, pero para eso hay que tener un poco más de fuerza. Por lo pronto, estamos intentando sobrevivir, que el hambre no nos borre de la faz de la tierra.

Y ahora, para terminar déjenme contarles un sueño que he tenido anoche. Sí, un sueño, porque a los pobres el hambre no nos impide soñar. He soñado que había una mesa grande, redonda como el mundo. En ella estábamos sentados por igual mujeres y hombres, niños y niñas, ancianos y ancianas, gente que representaba todos los lugares de la tierra, todas las culturas. Y allí estábamos compartiendo la comida en una amistad y hermandad sin fronteras, ni prejuicios ni discriminaciones.

Y me digo que esto no puede ser sólo un sueño. Hemos de seguir resistiendo y luchando para que esto llegue a ser realidad. Creo que llegará ese día en que nos podamos sentar a la misma mesa hombres y mujeres y podamos comer, reír, celebrar el que la comida y la ternura lleguen a todos y todas.


5. MANOS TRANSGRESORAS 3
Llevo ya 12 meses en esta cárcel.

Estoy presa porque lucho contra el capitalismo, el patriarcado y la opresión de raza y de clase. Ah y también porque soy crítica con las religiones y eso es mi país resulta igual de amenazante.

Soy nieta de una campesina analfabeta e hija de una madre casada a la fuerza con un comerciante. Ambas se empeñaron porque mi vida no fuera repetición de la suya y entendieron que la escuela y la universidad era fundamental para ello. Ambas tuvieron siempre una pasión oculta : dominar la escritura y acceder a lecturas prohibidas y ambas pusieron en mí el deseo de ser maga en el arte de combinar alfabetos y descifrar palabras.

Soy escritora.
Mis manos son como una prolongación de mi cabeza y de mi corazón y mi cabeza y mi corazón no puedo entenderlos sin mis manos.
En mi país las manos de las mujeres están hechas sólo para el cuidado de los hijos, el padre y el esposo, para especializarse en los cacharros de la casa , los bordados para el ajuar de las hijas o para ser adornadas con genha el día de la boda.

Pero yo, hasta donde me llega la memoria vine al mundo con unas manos transgresoras cuyo tacto busca siempre el placer de lo prohibido.
Siempre se negaron por ejemplo, a familiarizarse con los escritos de los libros llamados "sagrados" , porque entendían que era imposible que lo fueran si legitimaban la violencia , la infelicidad y el sufrimiento de las mujeres de la tierra.

Mis manos, sin embargo, pasaban páginas y páginas de textos devorándolos , si en ellos se preguntaban los por qué de las cosas , por eso mi tacto se familiarizó con la filosofía y la ciencia.
Me costó mucho ir a la universidad. Fui de las primeras mujeres médicas en mi país. Conseguí incluso un buen puesto, hasta que publiqué mi primer libro sobre sexualidad, entonces me prohibieron ejercer.

Soy psiquiatra mis manos han tocado los cuerpos enfermos por rigidez o hambre de caricia de muchas mujeres cuya salud mental ha quedado herida para siempre al sentirse prisioneras en harenes y burkas de muchas clases.

Ahora en esta prisión en la que me encuentro, a la espera de una amnistía prometida que nunca llega, mi cabeza y mi corazón toman alas nuevamente en mis manos transgresoras para hacerse palomas mensajeras.

En papel de water y con el lápiz de cejas que me han prestado escribo estas reflexiones para mis compañeras de la organización de Derechos Humanos :

"Nuestra solidaridad es nuestra fuerza. Asumamos nuestra diversidad en las luchas. Hemos de tener confianza en nosotras. Que nuestras diferencias no nos dividan…Ser feliz es hacer lo que amamos. La creatividad se relaciona con el amor. Nuestras vidas son una prueba de fuego, una lucha por la libertad y la dignidad propia y ajena. No tengamos miedo a ser diferentes, a desarrollar nuestro pensamiento crítico, a tener el valor de cuestionarlo todo : tu padre, tu matrinomio, tu Dios, todo menos el derecho a la vida en abundancia y la felicidad plena de las más humilladas. …"

Y mientras escribo un temblor húmedo recorre mi rostro y siento invisiblemente las manos de miles de mujeres del mundo: intelectuales campesinas, prostituidas, refugiadas, artistas, cuyas manos transgresoras , secan mis lagrimas, y me invitan a seguir resistiendo y luchando hasta que la vida sea una danza inclusiva, sin velos, una fiesta permanente y definitiva para todas .

6. DEJEN QUE HABLE MI PIEL
Piel de mujer, piel de pobre, piel de negra, piel de anciana

La piel que me queda está pegada a los huesos. Mi piel está desgarrada y llena de cicatrices dejadas por los golpes y por el paso del tiempo. Esas cicatrices reflejan las cicatrices que hay en mi interior porque mi cuerpo, mi piel, tiene su interioridad. Pero las cicatrices más profundas son aquellas que ahora ustedes no ven: son las cicatrices del corazón. ¡Si mi piel pudiera hablar! ¡Si alguien escuchara mi piel!

Mi piel es como una parábola de la piel de mi pueblo y de la piel de la creación. Miro mi vida, miro a mi pueblo, miro la naturaleza… Todas, todos, estamos desgarrados. La guerra, la violencia, el hambre han dejado la piel de mi pueblo hecha mil jirones. Después de más de 30 años de guerra, el tejido social de mi pueblo está roto, nuestras comunidades y organizaciones han sido tan apaleadas y hoy su piel está resquebrajada. Así ha quedado nuestra piel de pueblo: despedazada y llena de remiendos. El hambre, la falta de medicinas y la carencia de agua, nos han dejado con la piel pegada a los huesos. Aquí estoy, aquí estamos con el tejido de la piel todo roto.

Quizá les impacte mirar mi pellejo porque estamos acostumbradas a mirar pieles cuidadas, hidratadas, blancas, tersas y lozanas a base cosméticos, de esos miles de millones de dólares que unos cuantos y unas cuantas se gastan en cosméticos, mientras muchos morimos de hambre. Mi piel no está hidratada. En mi país el agua escasea.

Estas arrugas que tengo son las huellas de las distintas situaciones que he vivido. Las heridas me han dejado estas cicatrices. Tengo cicatrices en la espalda. Son de los golpes que me dio mi padre siendo niña. Luego, mi tejido vaginal desgarrado porque mi padrastro me manoseaba y me violaba.

Nunca fui a la escuela, decían en mi casa que educar a las chicas era un desperdicio. Es duro el que no te permitan ir a la escuela, pero por otro lado sé que me libré de otra humillación más. Así me libré de los golpes y discriminaciones del maestro que pensaba que las mujeres negras no teníamos cerebro para los estudios. En cambio, me tuve que quedar en casa y así tengo esta cicatriz de aquella vez que me quemé mientras hacía la comida para mis seis hermanos.

Como la situación era tan dura, mi familia se fue a vivir a la capital. Vivía en un barrio que era muy pobre, pero lo más duro era la violencia, las balaceras diarias. Ya no sólo era el miedo a los soldados y a la guerrilla, sino también a las pandillas que eran usadas por el poder político-militar. Tanto para los soldados como para los pandilleros, el cuerpo, la piel de las mujeres, siempre fue un territorio político. Las venganzas se ejecutaban en la piel de nosotras las mujeres. Y así unos violaban y torturaban a las mujeres que correspondían a la zona del bando contrario. Mi piel ha sido también botín de guerra. Me golpearon y me violaron un día que regresaba del mercado. ¡No sé cómo estoy viva!

Después me casé. Y he aquí más señales en mi piel. Esta cicatriz en la cara me la dejó mi esposo aquel día que me hirió. Este ojo lo perdí a causa de los golpes que me daba. Pero logré liberarme de este hombre que tanto me maltrataba. Después, entré a una organización de mujeres, desde la cual luchábamos por el derecho a una vivienda digna para los desplazados de guerra y para las viudas y los huérfanos. Nuestra organización creció mucho, tuvimos muchos logros y también persecución. Un día a mí me secuestraron y me torturaron. Estuve siete años en una cárcel clandestina donde los guardias de turno me desnudaban, me violaban, encendían cigarrillos y los apagaban en mi piel. Poco a poco el miedo se me concentrando en el cuerpo, hizo su lugar en mi piel.

Y sin embargo, considero que esta piel mía es bella y rica, es memoria de sabiduría y de resistencia. Aquí en mi piel está grabada la huella del tiempo; llevo muchas marcas, llevo impresa la vida de mi pueblo. Llevo la memoria de mi vida, la memoria de mi pueblo y de mi cultura grabada en la piel.

La huella de los años me ha enseñado a cuidar mi piel y a cuidar la piel de la otra y del otro, la piel del pueblo y la piel del cosmos. Ponerse en la piel de la otra y del otro, de la tierra a la que también el patriarcado le ha arrugado la piel. Tanto la hemos herido y manoseado... Todo es la misma realidad: yo soy como una prolongación de la piel del mundo y la piel del mundo se concretiza en esta piel. Como la tierra, mi piel hoy también es excluida porque ahora no rindo, no aporto ganancias al sistema. Una vez, en mis años jóvenes, mi piel tenía un valor comercial. Era cotizada como fuerza de trabajo y como objeto de placer. Hoy ya soy vieja. Los pliegues de mi piel no valen nada ante los ojos de quienes tienen el poder de señalar lo que vale y lo que no vale. Piel de mujer, piel de negra, piel de pobre, piel de anciana… Una piel que no vale. El color de la piel tiene un valor social y un valor moral. Así mi piel ha sido como una frontera. Por el color de mi piel, mucha gente no se me acercaba o se acercaba con miedo y con prejuicios. Pero lo que más me dolía era que, por el color de mi piel, muchos sospechaban que no era buena persona. En un momento incluso llegué a creer que tal vez las mujeres negras no estábamos tan cerca de Dios porque siempre me lo han presentado como un hombre blanco. En cambio, el diablo siempre era negro.

Pero hoy ya sé que en esta piel mía, piel de mujer, de negra, de pobre, de anciana, Dios también se manifiesta. Sí, Él ha estado presente no sólo en esta historia de dolor y sufrimiento, sino también todas esas veces que me he deleitado haciendo memoria de caricias dadas y recibidas, de acogida a mi color y a mis arrugas, del recuerdo de las caricias de la brisa y de la lluvia, del sol y del mar. Mi piel es cósmica, es mi piel y la piel de pueblo, la piel de mundo, la piel de Dios. Esta piel guarda la memoria no sólo de las heridas y humillaciones, sino que detrás de estos pellejos casi pegados a los huesos, hay un gran tesoro. Esta piel tiene grabada no sólo la memoria de la opresión, de las violaciones y las torturas, sino también la memoria de la resistencia y de la liberación de muchas otras compañeras que arriesgaron el pellejo y que abrieron nuevos caminos. Aquí estoy: llena de arrugas y de sabiduría, de resistencia y de memoria de lucha, de vida y muerte, de liberación. A lo largo de los años que he vivido, me han despojado y desnudado de muchas cosas. Pero la piel siempre me ha seguido vistiendo y me ha ido mostrando que detrás de mis arrugas y mis cicatrices hay una fuerza escondida y una esperanza indomable que, a pesar de mis 70 años me hace seguir soñando y luchando por un futuro digno para todas.


Notas.- [1] El pensamiento de Fatima Mernisi en torno a los harenes y Occidente resulta sumamente interesante. Recojemos este poema a modo ilustrativo :
“.... Dignidad es tener un sueño, un sueño fuerte, que te dé una ilusión, un mundo en el que tengas un lugar, en el que cuanto hayas de aportar sea importante. Estás en un harén cuando el mundo no te necesita . Estás en un harén cuando lo que puedes aportar no importa .Estás en un harén cuando lo que haces es inútil, Estás en un harén cuando el planeta gira contigo enterrada hasta el cuello en desprecio y abandono . Sólo un apersona puede cambiar esta situación y conseguir que el planeta gire de otra forma, y esa persona eres tu. Si plantas cara al desprecio y sueñas con un mundo distinto, la dirección del planeta podrá cambiar. Pero tendrás que evitar a toda costa interiorizar el desprecio que te rodea”.
Sueños en el umbral, Barcelona, 1994, p 256
[2] Historia inspirada en varios relatos del libro Refugiadas, del Servicio Jesuita a Refugiados, Madrid 2002.
[3] Relato inspirado en una entrevista a Nawal Al-Sadawi, recogida por Inma Sanchìs en El don de arder, Barcelona, 2004