ECOFEMINISMOS:

Las modulaciones de la conexión mujer-naturaleza dan lugar a las distintas variedades de ecofeminismos. K. Warren nos ofrece una tipología de estas conexiones al abordar la complejidad de las interrelaciones entre los diferentes feminismos y los diferentes planteamientos ecologistas:

a) la conexión histórica la sitúa esta autora en la denuncia de la génesis del racionalismo occidental ligado al patriarcado capitalista en la que se justificó la posesión y la utilización de la naturaleza y de las mujeres debido a su inferioridad. El complejo histórico de la Modernidad quedó sostenido por la sumisión de la naturaleza y las mujeres. Todo aquello que se destinaba a ser dominado, entre ello los pueblos de las tierras colonizados o las clases populares, se naturalizaba -se entendía como primitivo y tosco- o se feminizaba. Naturalización y feminización, las dos caras de la misma moneda, servían de estrategia ideológica para subordinar y justificar la sumisión. María Mies piensa que el holocausto de las brujas en la primera modernidad fue el cimiento para edificar el nuevo modelo de patriarcado capitalista y su invención de una nueva “feminidad” sometida, débil y “romantizada” cuya elaboración más precisa debemos a Rousseau. Primero hubo que acabar con los contraejemplos a la subordinación. Las mujeres no podían vivir solas, poseer conocimientos exclusivos como curanderas o herboristas, ni ser independientes ni autosuficientes. Demonización y hoguera fue el eficaz tratamiento.

b) la conexión conceptual denuncia el marco dualista y axiológicamente asimétrico en el que se han situado a la mujer y a la naturaleza del lado de la irracionalidad, la emoción y el cuerpo frente a la racionalidad, la mente y la cultura. La dicotomía no es igualitaria sino que uno de sus términos ostenta el valor y el correlativo el disvalor. Esto se traduce en términos jerárquicos como justificación de la superioridad frente a la subordinación. Los marcos conceptuales de referencia sancionan la dominación de las mujeres y la naturaleza. Algunas estrategias eco y ciberfeministas plantean relativizar y alterar las categorías de lo animal, lo humano y lo artificial con el fin de cercenar el motivo del dominio, con el fin de “curar las heridas”.

c) la conexión empírica nos habla de la situación presente de las mujeres en el mundo, en los países del Tercer mundo las mujeres se enfrentan a la contradicción entre deterioro medioambiental -contaminación y expolio- y subsistencia. Su trabajo como proveedoras de alimentos y necesidades básicas de la familia hace visible que para subsistir hace falta cuidar y regenerar los recursos naturales. Aquí vemos como el Ecologismo de los Pobres se entrecruza con la atención ecofeminista. En los países desarrollados y dado que los peligros sobre la salud que genera la industrialización afectan más a las poblaciones más desfavorecidas, las mujeres, debido a su rol de cuidadoras, han protagonizado numerosas luchas contra la instalación de focos contaminantes. Estos “hechos” parecen documentar que dada la preocupación básica de las mujeres por atender a las necesidades de los otros su sensibilización ante el daño medioambiental es más inmediata y radical. Las políticas del desarrollo son acusadas aquí de irresponsabilidad frente a la salvaguarda de la satisfacción de las necesidades básicas relacionadas con la alimentación y la salud.
d) la conexión epistemológica y metodológica pretende reivindicar el conocimiento silenciado en la gestión de la supervivencia y en los trabajos agrícolas y ganaderos de las mujeres. La desvalorización de lo que hacen o saben las mujeres como campesinas y en su trabajo doméstico ha sido la coartada para introducir métodos “científicos” e “intensivos” que en la mayoría de los casos resultan tan agresivos con la tierra que o la deterioran o la envenenan, haciendo además depender a los pequeños agricultores de la producción industrial de fertilizantes y de las multinacionales de las semillas modificadas. La denuncia del reduccionismo cientificista que aísla unos elementos de otros sin dar cuenta de las interconexiones es el objetivo aquí, frente a una comprensión holista de lo orgánico en la naturaleza que representaría, en el terreno de la ciencia, la peculiar visión de la biología de la genetista B. McClintock.

e) la asociación simbólica entre naturaleza y mujer es tan extensa y polívoca en nuestra cultura que difícilmente podemos escapar a ella. Aislando algo de tal complejidad, muchas autoras ponen el énfasis en las similitudes en el lenguaje para aludir a la conquista, dominio, violación o penetración de la naturaleza y/o de la mujer. La fierecilla domada de Shakespeare nos puede dar la pauta de la necesidad de un proceso de domesticación de la naturaleza indómita que habita a la mujer. En palabras de Warren “Así el lenguaje que feminiza a los animales y a la naturaleza animaliza y naturaliza a las mujeres...” como estrategia ideológica de inferiorización.

Todas estas conexiones hablan del descrédito y sometimiento del par mujer/naturaleza, pero qué decir de las connotaciones positivas de ideas casi sagradas como la de “Madre Tierra” o “Madre Naturaleza”. El tramposo juego ideológico de la degradación de lo real -mujeres o naturaleza- y exaltación posterior de lo degradado como ideal mistificado ha sido desbrozado por C. Amorós y A. Valcárcel al caracterizar la misoginia romántica. La coartada de la idealidad sirve a efectos de contrarrestar el efecto dominante de la inferiorización que justifica la subordinación e incluso la violencia. M. Mies opina que la “romantización” de las mujeres, los salvajes y la naturaleza corre en paralelo a su degradación. Esta operación actúa como “nostalgia de plenitud” nunca alcanzable de lo que el hombre “civilizado” ha perdido al cortar el cordón umbilical con la naturaleza.

f) la conexión política enlaza con la conexión empírica al poner de manifiesto el activismo local de base liderado por mujeres que han visto como se conjugaban sus exigencias feministas -por ejemplo, que se les asignara credibilidad pública- con sus reivindicaciones ecologistas relativas a garantizar un entorno sano y apto para la supervivencia. Estos motivos conjugados han operado sobre la base de la idea de solidaridad entre mujeres del Norte y del Sur y han servido de freno a los efectos fragmentadores en la teoría feminista de algunos enfoques de la cuestión multicultural. El protagonismo más que a la discusión académica se le ha dado a las actividades de las comunidades locales. Luchas tan dispares como la de las alemanas contra el tráfico de residuos nucleares o las de las mujeres Chipko en la India expresan una conexión ecopolítica feminista.

Pero el debate teórico, aún cuando no cuestiona la solidaridad, si nos ofrece distintos modos de entender la conexión entre defensa de los derechos de las mujeres y defensa de la naturaleza. A grandes rasgos, podemos decir que una línea de demarcación se puede situar entre quiénes acuden a la premisa esencialista y biologicista - cuya tesis sería que dado que las mujeres somos generadoras y regeneradoras de vida mostramos un lazo más fuerte con la naturaleza y con sus potencialidades de cuidado y armonía- y quienes abundan en la premisa social constructivista - el hecho biológico de la maternidad no es lo sustantivo, sino el rol impuesto por el patriarcado del cuidado y sus interpretaciones culturales-. El caso es que desde esta última premisa puede operar tanto la convicción ecofeminista, asumiendo que el cuidado ha sido desvalorizado y que, por lo tanto, hay que rehabilitando reconociendo social y económicamente el trabajo de la mujer que ha sido invisibilizado al ser tachado de “natural”, como la propuesta de desconectar de una vez por todas mujer y naturaleza para optar a las atribuciones sociales valoradas que quedan del lado de la razón, la cultura y lo masculino. La preocupación ecologista, a resultas de esta última opción, no tendría que ser ningún privilegio femenino sino universalizable, esto es, de todos, hombres y mujeres. No habría ningún privilegio de las mujeres para “conectar” antes con la naturaleza y asumir su salvaguarda. No obstante, esta opción, que suele coincidir con feminismos ilustrados, liberales o socialistas -de distinta manera la analiza, por ejemplo, el ecosocialismo de M. Mellor-, si que se muestra dispuesta a desmontar las conexiones que antes, siguiendo a Warren hemos llamado histórica, conceptual y simbólica-. La desconexión en todos los niveles de análisis del vínculo mujer-naturaleza desactivaría el ecofeminismo como propuesta con personalidad propia.

Ecofeminismos: la sostenibilidad de la vida humana como problema.

María José Guerra Palmero. Universidad de La Laguna.

Resumen:

Mi objetivo es el de proponer un cambio de escenario para los planteamientos ecofeministas. Se trata de dejar atrás los debates acerca de la conexión mujer-naturaleza, con el consabido peligro del esencialismo siempre rondando, y centrarse en la articulación entre la idea de sostenibilidad ecológica y sostenibilidad de la vida humana, que históricamente ha sido una de las tareas asignadas a las mujeres. Para ello es necesario no sólo cuestionar los modos de la producción, sino también, de la reproducción social en un amplio espectro. Para ello, en un primer momento, caracterizaremos los resultados, pero también las vías muertas, que ha traido consigo la aludida discusión sobre conexión mujer-naturaleza. En un segundo momento, recuperamos la tesis de Cristina Carrasco de poner en el centro del debate “la forma en que cada sociedad resuleve sus problemas de sostenimiento de la vida humana”. Según nuestra opinión el núcleo duro del ecofeminismo debe replantearse esta cuestión fusionando el horizonte de la sostenibilidad ecológica y global con los análisis derivados de más de dos décadas de formulaciones críticas de la ética feminista. El objetivo es visibilizar el trabajo oculto de las mujeres, que ni siquiera ha sido considerado trabajo por la economía ortodoxa sino simple externalidad. A partir de este replanteamiento, la tarea que bosquejamos para el compromiso ecofeminista es: - poner sobre la mesa las necesidades humanas ligadas a las tareas reproductivas - cuidado, crianza, etc.- y ligar las citadas necesidades con una reestructuración de las estructuras y funciones sociales relativas a la sostenibilidad de la vida humana en consonancia con el objetivo de la sostenibilidad global y local.

Quiero, efectivamente, proponer una reorientación de los planteamientos ecofeministas. Hasta ahora el debate feminista entre feminismos de la igualdad y feminismos de la diferencia ha tendido gran protagonismo en el ecofeminismo (occidental). En otra parte, y centrándome en la teoría feminista he analizado esta “disputa” como elemento sintomático de las deficiencias normativas y axiológicas del patriarcado. El énfasis en la igualdad y en los derechos es fundamental al referirnos a situaciones de asimetría, exclusión y marginación de las mujeres en muchos ámbitos. El énfasis en la “diferencia” reacciona frente a la devaluación continuada de todo lo asociado en nuestra cultura, y en las otras, con las mujeres y lo femenino. Las orientaciones ecofeministas que más me interesan son las que, desde un compromiso por la materialidad y la inmanencia, han apreciado la necesidad de conjugar la demanda de igualdad con una reconsideración de la esfera de la reproducción social -standpoint feminisms- que históricamente hemos asociado con lo femenino. Con M. Mellor o con C. Carrasco vemos que el trabajo doméstico, invisible y devaluado, de las mujeres es una de los fundamentos ocultos -el otro es la explotación sin límite del medioambiente- del sistema económico que ahora denominamos capitalismo global. Por otra parte, el polarizado debate igualdad-diferencia es producto de un contexto histórico, cultural, a veces incluso nacional- por pensar en el feminismo francés o en el italiano- que queda relativizado con la emergencia de otras voces: mujeres negras, lesbianas, de otras culturas y mujeres empobrecidas de los países del llamado Tercer Mundo. El proyecto de un feminismo global relativiza un debate que ha arrastrado también, desde sus orígenes, pensemos en Mary Daly, a sectores del ecofeminismo. Creo que el momento actual demanda redefinir el objetivo del ecofeminismo en un nuevo sentido, esto es, pensando y repensando la sostenibilidad de la vida humana como problema. Tanto Carrasco como Mellor establecen que la división sexo/genérica del trabajo sigue siendo el factor principal a analizar. Las mujeres no son sólo asociadas a la materialidad y a lo natural sin que son declaradas exlusivamente responsables por el cuidado y sostenimiento de la vida humana, de la corporalidad humana y estas tareas las realizan tanto “en el trabajo pagado como en el no pagado.” Las actividades de las mujeres así como el medio ambiente son concebidas como simples “externalidades”, como veremos esta es una modulación más de la vieja conexión, axiológicamente denigratoria, entre mujer y naturaleza.
A partir de este replanteamiento, la tarea que bosquejamos para el compromiso ecofeminista es de gran alcance y consiste en:

1) Poner sobre la mesa las necesidades humanas ligadas a las tareas reproductivas - cuidado, crianza, etc.- lo que tendrá como consecuencia replantear radicalmente nuestra comprensión antropológica ahondando en las notas ligadas a la corporalidad, sexuación, vulnerabilidad, carencia, finitud, etc. Por seguir a Mellor: “Embracing immanence means taking political responsability for the social and ecological consequences of bodily existence”.

2) Ligar las citadas necesidades con un cambio de las estructuras y funciones sociales relativas a la sostenibilidad de la vida humana en consonancia con el objetivo de la sostenibilidad global y local. Esto es, aceptar los límites ecológicos como encuadramiento de las nuevas propuestas de organización social de la producción y la reprodución que ni perpetuen la subordinación y explotación de las mujeres ni consuman y expolien nuestro hábitat.

Controversias ecofeministas

La razón profunda del ecofeminismo parte de la constatación de la conexción ideológica patriarcal entre mujeres y naturaleza: la estrategia para inferiorizar a las mujeres ha sido la de naturalizarlas y la correlativa para justificar la dominación y explotación de la naturaleza ha sido, en muchas ocasiones, la de feminizarla. Parte de los feminismos ha rechazado la naturalización y el uso del concepto de género como construcción socio-cultural ha tenido todo su sentido frente a esta estrategia. Si lo masculino=humano ha sido definido como cultura y civilización - pensemos en la etimología de cultura relativo a cultivo de la tierra y de civilización frente a barbarie-, las mujeres debían quedar equiparadas a la in-culta naturaleza. Se desterraba así lo humano de lo natural y se ratificaba el abismo ontológico entre lo uno y lo otro que la modernidad, al menos desde Descartes, ha tomado como dogma. Tras dos siglos de darwinismo todavía este corte categorial sigue siendo uno de los datos fundamentales de la estructura ideológica dominante. Difícilmente, nos aceptamos, por decirlo con Singer, como “animales evolucionados”.

Del otro lado, las ecofeministas diferencialistas tampoco han acertado a objetar el abismo entre la humanidad y la naturaleza al invertir los énfasis y celebrar meramente la conexión entre las mujeres y la naturaleza. La redefinición de lo humano como modulación de lo natural es un elemento fundamental de la comprensión ecologista y por lo tanto ecofeminista. Pero la identificación de un supuesto vínculo privilegiado entre la mujer y la naturaleza - por su biología cíclica, por el hecho diferencial del embarazo, el parto y la lactancia, o por una supuesta psicología más intuitiva y cercana a las enseñanzas de la madre naturaleza - acaba por dejar intocado el esquema ideológico matricial que secciona humanidad de naturaleza. El pecado de esencialismo es asumido, también, por los ecofeminismos diferencialistas que acusan a los que no lo son de pensamiento “viril”.

El ecofemismo occidental se ha visto retado por las nuevas coordenadas de la globalización. Lo que voy a presentar a continuación intenta adaptarse a la reformulación global del feminismo. Y una de las consecuencias de esta reformulación es precisamente que el debate igualdad-diferencia queda fuertemente relativizado a unos contextos culturales muy concretos, los del feminismo occidental, frente a la expresión de demandas de otras mujeres que no se reconocen en los debates hasta aquí presentados muchas veces porque no aceptan que haya una oposición rígida entre igualdad y diferencia. Uno de los factores que relativizaa esta oposición es la eclosión de las diferencias y el reconocimiento de que el etnocentrismo es un pecado del feminismo occidental aliado, como todo prejuicio, a un sistema de dominación. Elaborar un feminismo global, respetuoso con las diferencias, potenciador de la autonomía de las mujeres y en guerra frente a las desigualdades sociales es la tarea. Las demandas de autodenominación de los marginados (de blancos/negros a afroamericanos, de indios a americanos nativos) amenazan a las identidades de los privilegiados poniendo en cuestión los relatos que se cuentan a sí mismos. La ética feminista debe abordar las relaciones de dominación en cualquier lugar del mundo dado el hecho de la intersección de vectores de discriminación. La atención a la multiplicidad no debe olvidar la existencia de relaciones de dominación. Jane Flax se hace, a este respecto, eco del dictum de Young:

“La justicia es socavada por la dominación, no por la multiplicidad (Young, 1994). La falta de atención a las múltiples posiciones bloquea “nuestra” habilidad para articular principios.”

Si queremos invocar un momento, Bejing en el año 1995 puede ser reconocido como el que otorgó visiblidad a una comunidad feminista global. Una comunidad empírica feminista global que constatando el déficit normativo al proclamar que los derechos de las mujeres son, también, derechos humanos redefine los objetivos del feminismo y relativiza el protagonismo de los feminismos occidentales - que, no obstante, aportan su legado normativo como elemento imprescindible, pero que, deben abstenerse de caer en el síndrome de la misionera -. Como ya decíamos, la desigualdad de género se conjuga con muchos otros vectores de discriminación: raza, cultura, orientación sexual, pero sobre todo se potencia nefastamente hasta límites insospechado al cruzarse con el abismo Norte-Sur. Nadie puede cerrar los ojos ante la llamada feminización de la pobreza como nadie puede permitirse obviar el hecho de que la violencia y los malos tratos se ceban, como fenómeno asimismo global, con las mujeres. ¿Qué puede aportar el ecofeminismo en este contexto en el que los ideales de justicia y solidaridad globales son prioritarios? Creemos que ahora la opción por la justicia y la solidaridad ganan un primer plano y se reformulan.

El gran problema es que una gran parte de la población mundial vive una amenaza constante a su supervivencia. Este hecho se une a la insostenibildad ecológica del planeta. El hambre, la falta de agua potable, las malas condiciones higiénicas, las epidemias -como el galopante avance del SIDA en África-, la falta de viviendas adecuadas, .... nos saltan a la vista como factores que nos obligan a pensar que asegurar la continuidad de la vida humana - de la infancia a la vejez- en condiciones mínimamente dignas es el reto a enfrentar. Pues bien, este reto no se puede enfrentar sin introducir la perspectiva de género.
De hacerlo, sin analizar las relaciones de dominación patriarcales que atraviesan las diferentes situaciones sociales y culturales con lo que nos encontraremos es con el reforzamiento de la opresión de género. Ya sabemos que el capitalismo globalizado lejos de remediar algo, agrava esta situación en la que se conjugan insostenibilidades humanas y ecológicas. Redefinir, transculturalmente, las relaciones de género es imprescindible a la hora de abordar tanto la sostenibilidad ecológica del planeta como la eliminación de la pobreza endémica en la que tanta gente vive.

Sostenibilidad de la vida humana: un asunto de todos

Tomo, en consecuencia, de Cristina Carrasco la explicitación de que no es posible afrontar la sostenibilidad de la vida humana sin tener presente la perspectiva de género. No sólo en nuestras sociedades occidentales está consolidada la idea de que la provisión de las necesidades y cuidados más básicos - desde la elaboración de la comida hasta la limpieza, desde la provisión de cariño y amor hasta la de consuelo - es cosa de mujeres, sino que la adscripción de la ética del cuidado a las mujeres parece que atraviesa fronteras. La modulación cultural de la privacidad y domesticidad atribuida a las mujeres varía, pero como tal es una constante transcultural.

La crítica de Carrasco y de otros autores se dirige a este respecto contra la economía ortodoxa de modo parecido a cómo desde la economia ecológica se la ha retado:
“...el sostenimiento de la vida no ha sido nunca una preocupación analítica central, por el contrario, se le ha considerado una “externalidad” del sistema económico.”

Al igual que el medio ambiente, las tareas de sostenimiento de la vida humana son consideradas externas al sistema económico y, en consecuencia, desechadas como intrascendentes frente a la centralidad económica de la producción. Nunca son vistas como lo que son: las auténticas condiciones de posibilidad de la maquinaria económica y social. En palabras de M. Mellor: “The sex/gender and ecological consequences of economic activities are cast aside as `externalities´”

Carrasco señala como factores del oscurecimiento de la importancia de las tareas que sostienen la vida humana los siguientes: la centralidad de la producción, como ya decíamos, la dependencia del salario y una cultura del trabajo “masculina”. La reproducción social junto con el medio ambiente son los impensados, los asuntos invisibilizados y enterrados frente a los que emerge postulándose como única realidad la producción. ¿Es esta otra formulación de la conexión ideológica entre mujer y naturaleza ligada a la desatención que presta la economía ortodoxa a ambos temas? Seguramente sí, al lanzarla a ese limbo indefinido y soslayable de las externalidades.

Cristina Carrasco se pregunta cómo es posible que algo tan elemental como la satisfacción de las necesidades básicas, tarea asignada fundamentalmente a las mujeres se haya mantenido en la más estricta oscuridad. La supremacía masculina apoyada por la organización social patriarcal acordo minusvalorar la labor - aquellas actividades referidas a la satisfacción de las necesidades básicas que no dejan huella, pero que mantienen el mundo- y privilegiar el trabajo como aquello de lo que se obtienen bienes tangibles y duraderos. Pero la compaginación entre patriarcado y capitalismo ha acentuado la invisibilidad y el desprecio: no se reconoce en éste último que el trabajo de las mujeres en el ámbito doméstico consiste en “asegurar la necesaria oferta de fuerza de trabajo”. La misma categoría de trabajo y su asociación a salario, a monetarización está sesgada androcéntricamente de modo que gran parte de la actividad de las mujeres queda excluida. Este asunto llega hasta el punto de que incluso en sociedades como la nuestra en las que las mujeres se incorporan como asalariadas al mercado de trabajo, la asignación de responsabilidad por el cuidado y la gestión familiar sigue siendo una responsabilidad individual de cada una de ellas. No se reconoce que “el cuidado de la vida humana sea una responsabilidad social y política”. Carrasco pone como ejemplo, el descuido a este respecto en los debates sobre el Estado del Bienestar en el contexto, además, de la ofensiva neoliberal para lograr su total desmantelamiento.
Finalmente, el conflicto puede ser enunciado así:

“Entre la sostenibilidad de la vida humana y el beneficio económico, nuestras sociedades patriarcales capitalistas han optado por este último. Esto significa que las personas no son el objetivo social prioritario, no son un fin en sí mismas, sino que están al servicio de la producción. Los intereses político-sociales no están puestos en la consecución de una mayor calidad de vida, sino en el crecimiento de la producción y obtención de beneficios. Un reflejo claro de ello son todas las políticas de desregulación y flexibilización del mercado laboral...”

De ese conflicto, se deriva que la responsabilidad por el sostenimiento de la vida humana queda desplazado sin ambages al ámbito doméstico como responsabilidad de las mujeres. En la era del capitalismo global esto es así, por razones históricas y sociales, pero también económicas, en todo el planeta. Si tenemos en cuenta que el viejo modelo del hombre-proveedor, tanto en Occidente como en el resto del mundo, está en quiebra, nos encontramos con que la responsabilidad por la supervivencia recae demasiado a menudo en exclusiva sobre los hombros, los pies y los cerebros de las mujeres. Si a esto sumamos que gran parte de la población mundial queda excluida del sistema capitalista de producción y ni siquiera cuenta con el magro salario para la subsistencia, el bosquejo se irá aproximando a la situación en las que viven la mayoría de las mujeres del planeta. Poner como asunto central en la agenda el sostenimiento de la vida humana, reconocer socialmente que la responsabilidad por ella es de todos y no un asunto privativo de las mujeres es ahora absolutamente prioritario. La conexión material entre mujeres y naturaleza es a través del imperativo de la supervivencia, de la dura lucha por la vida, por la satisfacción de las necesidades.

Sostenibilidad y justicia ecosocial: mujeres y necesidades

Antes señalábamos que la versión ecofeminista del debate igualdad-diferencia encubre el sobreentendido del abismo entre humanidad y naturaleza. El volver al tema de las necesidades puede ser un buen camino para desacreditar el abismo entre la naturaleza entendida como mero medioambiente, mero hábitat, y la humanidad. La frustrada cumbre de la Tierra de Johanesburgo ha servido de exposión de las conexiones que vinculan incremento de la pobreza y explotación irrestricta y sin límites de la naturaleza. Al hablar de necesidades no es posible deslindar lo natural, la urgencia del agua potable y del alimento, y lo cultural: las múltiples maneras de preparar y ritualizar los actos cotidianos, a veces extraordinarios, de comer y beber. Las culturas interpretan de manera diferencial la común y básica necesidad de alimentarse e hidratarse, pero también la de prodigar afectos y establecer relaciones sociales. Por lo tanto, no hay sección ni corte entre naturaleza y cultura, hay conexión y modulación.

No puedo dar cuenta aquí de la reactivación del debate sobre las necesidades que ha acontecido en la década de los noventa. Lo claro es que si la estrategia es contrarrestar la prioridad de la obtención del beneficio económico por el mero beneficio económico debemos poner por delante “los factores objetivos indispensables para la supervivencia y la integridad psicofísica de los seres humanos”. El giro respecto al tema de las necesidades ha venido de una revisión de naturaleza antropológica: la sociabilidad humana es el dato de partida frente a la mera interpretación fisiológica. Dado el carácter social de las necesidades, atender a los contextos en los que se satisfacen y visibilizar a quiénes las satisfacen es prioritario. Aquí por supuesto volvemos a encontrar a las mujeres, el caso es que las encontramos escoradas del lado de la satisfacción de las necesidades más que como demandantes de necesidades: las de ellas son las últimas que se satisfacen - en general, peor alimentadas, peor educadas, desatendidas en lo sanitario, carentes y privadas de elementos que ellas proporcionan a los demás-. Cambiar este orden de cosas, desgraciadamente universal, tendría que ser paralelo al proceso de revalorización y socialización de las tareas de la esfera del cuidado.

La provisión de alimentos, de agua y el cuidado de la salud, han sido tareas secularmente asignados a las mujeres lo que ha desencadenado que ante el cortocircuito en la disposición de recursos para satisfacer estas necesidades, las mujeres hayan reaccionado denunciando el empeoramiento de las condiciones de vida y el deterioro del medio. Esta es una de las formulaciones de lo que Mary Mellor llama la conexión material. La propuesta ecofeminista se inclina por otorgar autonomía, una autonomía que siempre es relacional a las mujeres para redefinir sus papeles y roles objetando las desigualdades y promoviendo reestructuraciones sociales al tiempo que modelos sostenibles de provisión de las necesidades.
Si respecto a la justicia y la igualdad de las mujeres, muchas culturas no occidentales pueden, en parte y con matizaciones, ser reprobadas - nunca de manera totalitaria, sino atendiendo a caso por caso y con matices-, respecto al uso del medio ambiente la reprobación unánime debe ser contra la civilización occidental que tras perseguir el sueño del progreso ilimitado y de la acumulación voraz de beneficios nos ha arrojado a la insostenibilidad de un modo de vida que amenaza el valor primario de la supervivencia. El pensamiento ecologista ha tenido como una de sus consecuencias el estrechar los vínculos entre la humanidad toda al tomar en cuenta que compartimos un oikos común y que los daños a la naturaleza si son irreversibles nos afectan a todos. La lección de las interconexiones de lo vivo debe traducirse en la exigencia tanto de sostenibilidad de la vida humana conjugada con sostenibilidad global. Estos logros no deberían ser propuestos sin revisiones profundas de las relaciones de dominación que atrviesan los tejidos sociales de la humanidad, y en concreto, la opresión de género.

De manera que la incorporación de las mujeres de los países empobrecidos como interlocutoras debe traer consigo el que el asunto de los derechos humanos de las mujeres - por ejemplo, el combate contra el hambre, la violencia de género, el SIDA- sea prioritario y, también, que el tema de las necesidades acapare la mayor atención. El logro de la sostenibilidad global no se puede plantear sin incluir la perspectiva de género y sin atender a las voces de las mujeres, como gestoras de la supervivencia. Al mismo tiempo la socialización de las tareas necesarias para la sostenibilidad de la vida humana deben ser acometida. El desmentido del corte entre humanidad y naturaleza es aquí un punto clave. Necesitamos una nueva antropología que acepte el hecho de nuestra finitud, de nuestro ser carencial, de nuestro ser necesitado, necesitamos aceptar el pensamiento de los límites para poner coto a la espiral de avaricia que es el capitalismo global, y al tiempo que demandamos lo necesario para nosotros, debemos sentir, también, la necesidad de proveer las necesidades de los otros, a veces cercanos, a veces lejanos. Poner en el primer punto del orden del día la sostenibilidad humana, social y ecológica es la tarea pendiente. Hacerlo sin tener en cuenta las voces de las mujeres y su exigencia de justicia será, simplemente, perpetuar la injusticia y la desigualdad que corroen la posibilidad de autocomprendernos como humanidad liberada.