ECOFEMINISMOS:
Las modulaciones de la conexión mujer-naturaleza
dan lugar a las distintas variedades de ecofeminismos. K. Warren nos ofrece
una tipología de estas conexiones al abordar la complejidad de las
interrelaciones entre los diferentes feminismos y los diferentes planteamientos
ecologistas:
a) la conexión histórica la sitúa esta autora en la
denuncia de la génesis del racionalismo occidental ligado al patriarcado
capitalista en la que se justificó la posesión y la utilización
de la naturaleza y de las mujeres debido a su inferioridad. El complejo
histórico de la Modernidad quedó sostenido por la sumisión
de la naturaleza y las mujeres. Todo aquello que se destinaba a ser dominado,
entre ello los pueblos de las tierras colonizados o las clases populares,
se naturalizaba -se entendía como primitivo y tosco- o se feminizaba.
Naturalización y feminización, las dos caras de la misma moneda,
servían de estrategia ideológica para subordinar y justificar
la sumisión. María Mies piensa que el holocausto de las brujas
en la primera modernidad fue el cimiento para edificar el nuevo modelo de
patriarcado capitalista y su invención de una nueva feminidad
sometida, débil y romantizada cuya elaboración
más precisa debemos a Rousseau. Primero hubo que acabar con los contraejemplos
a la subordinación. Las mujeres no podían vivir solas, poseer
conocimientos exclusivos como curanderas o herboristas, ni ser independientes
ni autosuficientes. Demonización y hoguera fue el eficaz tratamiento.
b) la conexión conceptual denuncia el marco dualista y axiológicamente
asimétrico en el que se han situado a la mujer y a la naturaleza
del lado de la irracionalidad, la emoción y el cuerpo frente a la
racionalidad, la mente y la cultura. La dicotomía no es igualitaria
sino que uno de sus términos ostenta el valor y el correlativo el
disvalor. Esto se traduce en términos jerárquicos como justificación
de la superioridad frente a la subordinación. Los marcos conceptuales
de referencia sancionan la dominación de las mujeres y la naturaleza.
Algunas estrategias eco y ciberfeministas plantean relativizar y alterar
las categorías de lo animal, lo humano y lo artificial con el fin
de cercenar el motivo del dominio, con el fin de curar las heridas.
c) la conexión empírica nos habla de la situación presente
de las mujeres en el mundo, en los países del Tercer mundo las mujeres
se enfrentan a la contradicción entre deterioro medioambiental -contaminación
y expolio- y subsistencia. Su trabajo como proveedoras de alimentos y necesidades
básicas de la familia hace visible que para subsistir hace falta
cuidar y regenerar los recursos naturales. Aquí vemos como el Ecologismo
de los Pobres se entrecruza con la atención ecofeminista. En los
países desarrollados y dado que los peligros sobre la salud que genera
la industrialización afectan más a las poblaciones más
desfavorecidas, las mujeres, debido a su rol de cuidadoras, han protagonizado
numerosas luchas contra la instalación de focos contaminantes. Estos
hechos parecen documentar que dada la preocupación básica
de las mujeres por atender a las necesidades de los otros su sensibilización
ante el daño medioambiental es más inmediata y radical. Las
políticas del desarrollo son acusadas aquí de irresponsabilidad
frente a la salvaguarda de la satisfacción de las necesidades básicas
relacionadas con la alimentación y la salud.
d) la conexión epistemológica y metodológica pretende
reivindicar el conocimiento silenciado en la gestión de la supervivencia
y en los trabajos agrícolas y ganaderos de las mujeres. La desvalorización
de lo que hacen o saben las mujeres como campesinas y en su trabajo doméstico
ha sido la coartada para introducir métodos científicos
e intensivos que en la mayoría de los casos resultan
tan agresivos con la tierra que o la deterioran o la envenenan, haciendo
además depender a los pequeños agricultores de la producción
industrial de fertilizantes y de las multinacionales de las semillas modificadas.
La denuncia del reduccionismo cientificista que aísla unos elementos
de otros sin dar cuenta de las interconexiones es el objetivo aquí,
frente a una comprensión holista de lo orgánico en la naturaleza
que representaría, en el terreno de la ciencia, la peculiar visión
de la biología de la genetista B. McClintock.
e) la asociación simbólica entre naturaleza y mujer es tan
extensa y polívoca en nuestra cultura que difícilmente podemos
escapar a ella. Aislando algo de tal complejidad, muchas autoras ponen el
énfasis en las similitudes en el lenguaje para aludir a la conquista,
dominio, violación o penetración de la naturaleza y/o de la
mujer. La fierecilla domada de Shakespeare nos puede dar la pauta de la
necesidad de un proceso de domesticación de la naturaleza indómita
que habita a la mujer. En palabras de Warren Así el lenguaje
que feminiza a los animales y a la naturaleza animaliza y naturaliza a las
mujeres... como estrategia ideológica de inferiorización.
Todas estas conexiones hablan del descrédito y sometimiento del par
mujer/naturaleza, pero qué decir de las connotaciones positivas de
ideas casi sagradas como la de Madre Tierra o Madre Naturaleza.
El tramposo juego ideológico de la degradación de lo real
-mujeres o naturaleza- y exaltación posterior de lo degradado como
ideal mistificado ha sido desbrozado por C. Amorós y A. Valcárcel
al caracterizar la misoginia romántica. La coartada de la idealidad
sirve a efectos de contrarrestar el efecto dominante de la inferiorización
que justifica la subordinación e incluso la violencia. M. Mies opina
que la romantización de las mujeres, los salvajes y la
naturaleza corre en paralelo a su degradación. Esta operación
actúa como nostalgia de plenitud nunca alcanzable de
lo que el hombre civilizado ha perdido al cortar el cordón
umbilical con la naturaleza.
f) la conexión política enlaza con la conexión empírica
al poner de manifiesto el activismo local de base liderado por mujeres que
han visto como se conjugaban sus exigencias feministas -por ejemplo, que
se les asignara credibilidad pública- con sus reivindicaciones ecologistas
relativas a garantizar un entorno sano y apto para la supervivencia. Estos
motivos conjugados han operado sobre la base de la idea de solidaridad entre
mujeres del Norte y del Sur y han servido de freno a los efectos fragmentadores
en la teoría feminista de algunos enfoques de la cuestión
multicultural. El protagonismo más que a la discusión académica
se le ha dado a las actividades de las comunidades locales. Luchas tan dispares
como la de las alemanas contra el tráfico de residuos nucleares o
las de las mujeres Chipko en la India expresan una conexión ecopolítica
feminista.
Pero el debate teórico, aún cuando no cuestiona la solidaridad,
si nos ofrece distintos modos de entender la conexión entre defensa
de los derechos de las mujeres y defensa de la naturaleza. A grandes rasgos,
podemos decir que una línea de demarcación se puede situar
entre quiénes acuden a la premisa esencialista y biologicista - cuya
tesis sería que dado que las mujeres somos generadoras y regeneradoras
de vida mostramos un lazo más fuerte con la naturaleza y con sus
potencialidades de cuidado y armonía- y quienes abundan en la premisa
social constructivista - el hecho biológico de la maternidad no es
lo sustantivo, sino el rol impuesto por el patriarcado del cuidado y sus
interpretaciones culturales-. El caso es que desde esta última premisa
puede operar tanto la convicción ecofeminista, asumiendo que el cuidado
ha sido desvalorizado y que, por lo tanto, hay que rehabilitando reconociendo
social y económicamente el trabajo de la mujer que ha sido invisibilizado
al ser tachado de natural, como la propuesta de desconectar
de una vez por todas mujer y naturaleza para optar a las atribuciones sociales
valoradas que quedan del lado de la razón, la cultura y lo masculino.
La preocupación ecologista, a resultas de esta última opción,
no tendría que ser ningún privilegio femenino sino universalizable,
esto es, de todos, hombres y mujeres. No habría ningún privilegio
de las mujeres para conectar antes con la naturaleza y asumir
su salvaguarda. No obstante, esta opción, que suele coincidir con
feminismos ilustrados, liberales o socialistas -de distinta manera la analiza,
por ejemplo, el ecosocialismo de M. Mellor-, si que se muestra dispuesta
a desmontar las conexiones que antes, siguiendo a Warren hemos llamado histórica,
conceptual y simbólica-. La desconexión en todos los niveles
de análisis del vínculo mujer-naturaleza desactivaría
el ecofeminismo como propuesta con personalidad propia.
Ecofeminismos: la sostenibilidad de la vida humana
como problema.
María José Guerra Palmero. Universidad de
La Laguna.
Resumen:
Mi objetivo es el de proponer un cambio de escenario para los planteamientos
ecofeministas. Se trata de dejar atrás los debates acerca de la
conexión mujer-naturaleza, con el consabido peligro del esencialismo
siempre rondando, y centrarse en la articulación entre la idea
de sostenibilidad ecológica y sostenibilidad de la vida humana,
que históricamente ha sido una de las tareas asignadas a las mujeres.
Para ello es necesario no sólo cuestionar los modos de la producción,
sino también, de la reproducción social en un amplio espectro.
Para ello, en un primer momento, caracterizaremos los resultados, pero
también las vías muertas, que ha traido consigo la aludida
discusión sobre conexión mujer-naturaleza. En un segundo
momento, recuperamos la tesis de Cristina Carrasco de poner en el centro
del debate la forma en que cada sociedad resuleve sus problemas
de sostenimiento de la vida humana. Según nuestra opinión
el núcleo duro del ecofeminismo debe replantearse esta cuestión
fusionando el horizonte de la sostenibilidad ecológica y global
con los análisis derivados de más de dos décadas
de formulaciones críticas de la ética feminista. El objetivo
es visibilizar el trabajo oculto de las mujeres, que ni siquiera ha sido
considerado trabajo por la economía ortodoxa sino simple externalidad.
A partir de este replanteamiento, la tarea que bosquejamos para el compromiso
ecofeminista es: - poner sobre la mesa las necesidades humanas ligadas
a las tareas reproductivas - cuidado, crianza, etc.- y ligar las citadas
necesidades con una reestructuración de las estructuras y funciones
sociales relativas a la sostenibilidad de la vida humana en consonancia
con el objetivo de la sostenibilidad global y local.
Quiero, efectivamente, proponer una reorientación de los planteamientos
ecofeministas. Hasta ahora el debate feminista entre feminismos de la
igualdad y feminismos de la diferencia ha tendido gran protagonismo en
el ecofeminismo (occidental). En otra parte, y centrándome en la
teoría feminista he analizado esta disputa como elemento
sintomático de las deficiencias normativas y axiológicas
del patriarcado. El énfasis en la igualdad y en los derechos es
fundamental al referirnos a situaciones de asimetría, exclusión
y marginación de las mujeres en muchos ámbitos. El énfasis
en la diferencia reacciona frente a la devaluación
continuada de todo lo asociado en nuestra cultura, y en las otras, con
las mujeres y lo femenino. Las orientaciones ecofeministas que más
me interesan son las que, desde un compromiso por la materialidad y la
inmanencia, han apreciado la necesidad de conjugar la demanda de igualdad
con una reconsideración de la esfera de la reproducción
social -standpoint feminisms- que históricamente hemos asociado
con lo femenino. Con M. Mellor o con C. Carrasco vemos que el trabajo
doméstico, invisible y devaluado, de las mujeres es una de los
fundamentos ocultos -el otro es la explotación sin límite
del medioambiente- del sistema económico que ahora denominamos
capitalismo global. Por otra parte, el polarizado debate igualdad-diferencia
es producto de un contexto histórico, cultural, a veces incluso
nacional- por pensar en el feminismo francés o en el italiano-
que queda relativizado con la emergencia de otras voces: mujeres negras,
lesbianas, de otras culturas y mujeres empobrecidas de los países
del llamado Tercer Mundo. El proyecto de un feminismo global relativiza
un debate que ha arrastrado también, desde sus orígenes,
pensemos en Mary Daly, a sectores del ecofeminismo. Creo que el momento
actual demanda redefinir el objetivo del ecofeminismo en un nuevo sentido,
esto es, pensando y repensando la sostenibilidad de la vida humana como
problema. Tanto Carrasco como Mellor establecen que la división
sexo/genérica del trabajo sigue siendo el factor principal a analizar.
Las mujeres no son sólo asociadas a la materialidad y a lo natural
sin que son declaradas exlusivamente responsables por el cuidado y sostenimiento
de la vida humana, de la corporalidad humana y estas tareas las realizan
tanto en el trabajo pagado como en el no pagado. Las actividades
de las mujeres así como el medio ambiente son concebidas como simples
externalidades, como veremos esta es una modulación
más de la vieja conexión, axiológicamente denigratoria,
entre mujer y naturaleza.
A partir de este replanteamiento, la tarea que bosquejamos para el compromiso
ecofeminista es de gran alcance y consiste en:
1) Poner sobre la mesa las necesidades humanas ligadas a las tareas reproductivas
- cuidado, crianza, etc.- lo que tendrá como consecuencia replantear
radicalmente nuestra comprensión antropológica ahondando
en las notas ligadas a la corporalidad, sexuación, vulnerabilidad,
carencia, finitud, etc. Por seguir a Mellor: Embracing immanence
means taking political responsability for the social and ecological consequences
of bodily existence.
2) Ligar las citadas necesidades con un cambio de las estructuras y funciones
sociales relativas a la sostenibilidad de la vida humana en consonancia
con el objetivo de la sostenibilidad global y local. Esto es, aceptar
los límites ecológicos como encuadramiento de las nuevas
propuestas de organización social de la producción y la
reprodución que ni perpetuen la subordinación y explotación
de las mujeres ni consuman y expolien nuestro hábitat.
Controversias ecofeministas
La razón profunda del ecofeminismo parte de la
constatación de la conexción ideológica patriarcal
entre mujeres y naturaleza: la estrategia para inferiorizar a las mujeres
ha sido la de naturalizarlas y la correlativa para justificar la dominación
y explotación de la naturaleza ha sido, en muchas ocasiones, la
de feminizarla. Parte de los feminismos ha rechazado la naturalización
y el uso del concepto de género como construcción socio-cultural
ha tenido todo su sentido frente a esta estrategia. Si lo masculino=humano
ha sido definido como cultura y civilización - pensemos en la etimología
de cultura relativo a cultivo de la tierra y de civilización frente
a barbarie-, las mujeres debían quedar equiparadas a la in-culta
naturaleza. Se desterraba así lo humano de lo natural y se ratificaba
el abismo ontológico entre lo uno y lo otro que la modernidad,
al menos desde Descartes, ha tomado como dogma. Tras dos siglos de darwinismo
todavía este corte categorial sigue siendo uno de los datos fundamentales
de la estructura ideológica dominante. Difícilmente, nos
aceptamos, por decirlo con Singer, como animales evolucionados.
Del otro lado, las ecofeministas diferencialistas tampoco han acertado
a objetar el abismo entre la humanidad y la naturaleza al invertir los
énfasis y celebrar meramente la conexión entre las mujeres
y la naturaleza. La redefinición de lo humano como modulación
de lo natural es un elemento fundamental de la comprensión ecologista
y por lo tanto ecofeminista. Pero la identificación de un supuesto
vínculo privilegiado entre la mujer y la naturaleza - por su biología
cíclica, por el hecho diferencial del embarazo, el parto y la lactancia,
o por una supuesta psicología más intuitiva y cercana a
las enseñanzas de la madre naturaleza - acaba por dejar intocado
el esquema ideológico matricial que secciona humanidad de naturaleza.
El pecado de esencialismo es asumido, también, por los ecofeminismos
diferencialistas que acusan a los que no lo son de pensamiento viril.
El ecofemismo occidental se ha visto retado por las nuevas coordenadas
de la globalización. Lo que voy a presentar a continuación
intenta adaptarse a la reformulación global del feminismo. Y una
de las consecuencias de esta reformulación es precisamente que
el debate igualdad-diferencia queda fuertemente relativizado a unos contextos
culturales muy concretos, los del feminismo occidental, frente a la expresión
de demandas de otras mujeres que no se reconocen en los debates hasta
aquí presentados muchas veces porque no aceptan que haya una oposición
rígida entre igualdad y diferencia. Uno de los factores que relativizaa
esta oposición es la eclosión de las diferencias y el reconocimiento
de que el etnocentrismo es un pecado del feminismo occidental aliado,
como todo prejuicio, a un sistema de dominación. Elaborar un feminismo
global, respetuoso con las diferencias, potenciador de la autonomía
de las mujeres y en guerra frente a las desigualdades sociales es la tarea.
Las demandas de autodenominación de los marginados (de blancos/negros
a afroamericanos, de indios a americanos nativos) amenazan a las identidades
de los privilegiados poniendo en cuestión los relatos que se cuentan
a sí mismos. La ética feminista debe abordar las relaciones
de dominación en cualquier lugar del mundo dado el hecho de la
intersección de vectores de discriminación. La atención
a la multiplicidad no debe olvidar la existencia de relaciones de dominación.
Jane Flax se hace, a este respecto, eco del dictum de Young:
La justicia es socavada por la dominación,
no por la multiplicidad (Young, 1994). La falta de atención a las
múltiples posiciones bloquea nuestra habilidad para
articular principios.
Si queremos invocar un momento, Bejing en el año 1995 puede ser
reconocido como el que otorgó visiblidad a una comunidad feminista
global. Una comunidad empírica feminista global que constatando
el déficit normativo al proclamar que los derechos de las mujeres
son, también, derechos humanos redefine los objetivos del feminismo
y relativiza el protagonismo de los feminismos occidentales - que, no
obstante, aportan su legado normativo como elemento imprescindible, pero
que, deben abstenerse de caer en el síndrome de la misionera -.
Como ya decíamos, la desigualdad de género se conjuga con
muchos otros vectores de discriminación: raza, cultura, orientación
sexual, pero sobre todo se potencia nefastamente hasta límites
insospechado al cruzarse con el abismo Norte-Sur. Nadie puede cerrar los
ojos ante la llamada feminización de la pobreza como nadie puede
permitirse obviar el hecho de que la violencia y los malos tratos se ceban,
como fenómeno asimismo global, con las mujeres. ¿Qué
puede aportar el ecofeminismo en este contexto en el que los ideales de
justicia y solidaridad globales son prioritarios? Creemos que ahora la
opción por la justicia y la solidaridad ganan un primer plano y
se reformulan.
El gran problema es que una gran parte de la población mundial
vive una amenaza constante a su supervivencia. Este hecho se une a la
insostenibildad ecológica del planeta. El hambre, la falta de agua
potable, las malas condiciones higiénicas, las epidemias -como
el galopante avance del SIDA en África-, la falta de viviendas
adecuadas, .... nos saltan a la vista como factores que nos obligan a
pensar que asegurar la continuidad de la vida humana - de la infancia
a la vejez- en condiciones mínimamente dignas es el reto a enfrentar.
Pues bien, este reto no se puede enfrentar sin introducir la perspectiva
de género.
De hacerlo, sin analizar las relaciones de dominación patriarcales
que atraviesan las diferentes situaciones sociales y culturales con lo
que nos encontraremos es con el reforzamiento de la opresión de
género. Ya sabemos que el capitalismo globalizado lejos de remediar
algo, agrava esta situación en la que se conjugan insostenibilidades
humanas y ecológicas. Redefinir, transculturalmente, las relaciones
de género es imprescindible a la hora de abordar tanto la sostenibilidad
ecológica del planeta como la eliminación de la pobreza
endémica en la que tanta gente vive.
Sostenibilidad de la vida humana: un asunto
de todos
Tomo, en consecuencia, de Cristina Carrasco la explicitación
de que no es posible afrontar la sostenibilidad de la vida humana sin
tener presente la perspectiva de género. No sólo en nuestras
sociedades occidentales está consolidada la idea de que la provisión
de las necesidades y cuidados más básicos - desde la elaboración
de la comida hasta la limpieza, desde la provisión de cariño
y amor hasta la de consuelo - es cosa de mujeres, sino que la adscripción
de la ética del cuidado a las mujeres parece que atraviesa fronteras.
La modulación cultural de la privacidad y domesticidad atribuida
a las mujeres varía, pero como tal es una constante transcultural.
La crítica de Carrasco y de otros autores se dirige a este respecto
contra la economía ortodoxa de modo parecido a cómo desde
la economia ecológica se la ha retado:
...el sostenimiento de la vida no ha sido nunca una preocupación
analítica central, por el contrario, se le ha considerado una externalidad
del sistema económico.
Al igual que el medio ambiente, las tareas de sostenimiento
de la vida humana son consideradas externas al sistema económico
y, en consecuencia, desechadas como intrascendentes frente a la centralidad
económica de la producción. Nunca son vistas como lo que
son: las auténticas condiciones de posibilidad de la maquinaria
económica y social. En palabras de M. Mellor: The sex/gender
and ecological consequences of economic activities are cast aside as `externalities´
Carrasco señala como factores del oscurecimiento de la importancia
de las tareas que sostienen la vida humana los siguientes: la centralidad
de la producción, como ya decíamos, la dependencia del salario
y una cultura del trabajo masculina. La reproducción
social junto con el medio ambiente son los impensados, los asuntos invisibilizados
y enterrados frente a los que emerge postulándose como única
realidad la producción. ¿Es esta otra formulación
de la conexión ideológica entre mujer y naturaleza ligada
a la desatención que presta la economía ortodoxa a ambos
temas? Seguramente sí, al lanzarla a ese limbo indefinido y soslayable
de las externalidades.
Cristina Carrasco se pregunta cómo es posible que algo tan elemental
como la satisfacción de las necesidades básicas, tarea asignada
fundamentalmente a las mujeres se haya mantenido en la más estricta
oscuridad. La supremacía masculina apoyada por la organización
social patriarcal acordo minusvalorar la labor - aquellas actividades
referidas a la satisfacción de las necesidades básicas que
no dejan huella, pero que mantienen el mundo- y privilegiar el trabajo
como aquello de lo que se obtienen bienes tangibles y duraderos. Pero
la compaginación entre patriarcado y capitalismo ha acentuado la
invisibilidad y el desprecio: no se reconoce en éste último
que el trabajo de las mujeres en el ámbito doméstico consiste
en asegurar la necesaria oferta de fuerza de trabajo. La misma
categoría de trabajo y su asociación a salario, a monetarización
está sesgada androcéntricamente de modo que gran parte de
la actividad de las mujeres queda excluida. Este asunto llega hasta el
punto de que incluso en sociedades como la nuestra en las que las mujeres
se incorporan como asalariadas al mercado de trabajo, la asignación
de responsabilidad por el cuidado y la gestión familiar sigue siendo
una responsabilidad individual de cada una de ellas. No se reconoce que
el cuidado de la vida humana sea una responsabilidad social y política.
Carrasco pone como ejemplo, el descuido a este respecto en los debates
sobre el Estado del Bienestar en el contexto, además, de la ofensiva
neoliberal para lograr su total desmantelamiento.
Finalmente, el conflicto puede ser enunciado así:
Entre la sostenibilidad de la vida humana y el beneficio económico,
nuestras sociedades patriarcales capitalistas han optado por este último.
Esto significa que las personas no son el objetivo social prioritario,
no son un fin en sí mismas, sino que están al servicio de
la producción. Los intereses político-sociales no están
puestos en la consecución de una mayor calidad de vida, sino en
el crecimiento de la producción y obtención de beneficios.
Un reflejo claro de ello son todas las políticas de desregulación
y flexibilización del mercado laboral...
De ese conflicto, se deriva que la responsabilidad por
el sostenimiento de la vida humana queda desplazado sin ambages al ámbito
doméstico como responsabilidad de las mujeres. En la era del capitalismo
global esto es así, por razones históricas y sociales, pero
también económicas, en todo el planeta. Si tenemos en cuenta
que el viejo modelo del hombre-proveedor, tanto en Occidente como en el
resto del mundo, está en quiebra, nos encontramos con que la responsabilidad
por la supervivencia recae demasiado a menudo en exclusiva sobre los hombros,
los pies y los cerebros de las mujeres. Si a esto sumamos que gran parte
de la población mundial queda excluida del sistema capitalista
de producción y ni siquiera cuenta con el magro salario para la
subsistencia, el bosquejo se irá aproximando a la situación
en las que viven la mayoría de las mujeres del planeta. Poner como
asunto central en la agenda el sostenimiento de la vida humana, reconocer
socialmente que la responsabilidad por ella es de todos y no un asunto
privativo de las mujeres es ahora absolutamente prioritario. La conexión
material entre mujeres y naturaleza es a través del imperativo
de la supervivencia, de la dura lucha por la vida, por la satisfacción
de las necesidades.
Sostenibilidad y justicia ecosocial: mujeres
y necesidades
Antes señalábamos que la versión ecofeminista
del debate igualdad-diferencia encubre el sobreentendido del abismo entre
humanidad y naturaleza. El volver al tema de las necesidades puede ser
un buen camino para desacreditar el abismo entre la naturaleza entendida
como mero medioambiente, mero hábitat, y la humanidad. La frustrada
cumbre de la Tierra de Johanesburgo ha servido de exposión de las
conexiones que vinculan incremento de la pobreza y explotación
irrestricta y sin límites de la naturaleza. Al hablar de necesidades
no es posible deslindar lo natural, la urgencia del agua potable y del
alimento, y lo cultural: las múltiples maneras de preparar y ritualizar
los actos cotidianos, a veces extraordinarios, de comer y beber. Las culturas
interpretan de manera diferencial la común y básica necesidad
de alimentarse e hidratarse, pero también la de prodigar afectos
y establecer relaciones sociales. Por lo tanto, no hay sección
ni corte entre naturaleza y cultura, hay conexión y modulación.
No puedo dar cuenta aquí de la reactivación del debate sobre
las necesidades que ha acontecido en la década de los noventa.
Lo claro es que si la estrategia es contrarrestar la prioridad de la obtención
del beneficio económico por el mero beneficio económico
debemos poner por delante los factores objetivos indispensables
para la supervivencia y la integridad psicofísica de los seres
humanos. El giro respecto al tema de las necesidades ha venido de
una revisión de naturaleza antropológica: la sociabilidad
humana es el dato de partida frente a la mera interpretación fisiológica.
Dado el carácter social de las necesidades, atender a los contextos
en los que se satisfacen y visibilizar a quiénes las satisfacen
es prioritario. Aquí por supuesto volvemos a encontrar a las mujeres,
el caso es que las encontramos escoradas del lado de la satisfacción
de las necesidades más que como demandantes de necesidades: las
de ellas son las últimas que se satisfacen - en general, peor alimentadas,
peor educadas, desatendidas en lo sanitario, carentes y privadas de elementos
que ellas proporcionan a los demás-. Cambiar este orden de cosas,
desgraciadamente universal, tendría que ser paralelo al proceso
de revalorización y socialización de las tareas de la esfera
del cuidado.
La provisión de alimentos, de agua y el cuidado de la salud, han
sido tareas secularmente asignados a las mujeres lo que ha desencadenado
que ante el cortocircuito en la disposición de recursos para satisfacer
estas necesidades, las mujeres hayan reaccionado denunciando el empeoramiento
de las condiciones de vida y el deterioro del medio. Esta es una de las
formulaciones de lo que Mary Mellor llama la conexión material.
La propuesta ecofeminista se inclina por otorgar autonomía, una
autonomía que siempre es relacional a las mujeres para redefinir
sus papeles y roles objetando las desigualdades y promoviendo reestructuraciones
sociales al tiempo que modelos sostenibles de provisión de las
necesidades.
Si respecto a la justicia y la igualdad de las mujeres, muchas culturas
no occidentales pueden, en parte y con matizaciones, ser reprobadas -
nunca de manera totalitaria, sino atendiendo a caso por caso y con matices-,
respecto al uso del medio ambiente la reprobación unánime
debe ser contra la civilización occidental que tras perseguir el
sueño del progreso ilimitado y de la acumulación voraz de
beneficios nos ha arrojado a la insostenibilidad de un modo de vida que
amenaza el valor primario de la supervivencia. El pensamiento ecologista
ha tenido como una de sus consecuencias el estrechar los vínculos
entre la humanidad toda al tomar en cuenta que compartimos un oikos común
y que los daños a la naturaleza si son irreversibles nos afectan
a todos. La lección de las interconexiones de lo vivo debe traducirse
en la exigencia tanto de sostenibilidad de la vida humana conjugada con
sostenibilidad global. Estos logros no deberían ser propuestos
sin revisiones profundas de las relaciones de dominación que atrviesan
los tejidos sociales de la humanidad, y en concreto, la opresión
de género.
De manera que la incorporación de las mujeres de los países
empobrecidos como interlocutoras debe traer consigo el que el asunto de
los derechos humanos de las mujeres - por ejemplo, el combate contra el
hambre, la violencia de género, el SIDA- sea prioritario y, también,
que el tema de las necesidades acapare la mayor atención. El logro
de la sostenibilidad global no se puede plantear sin incluir la perspectiva
de género y sin atender a las voces de las mujeres, como gestoras
de la supervivencia. Al mismo tiempo la socialización de las tareas
necesarias para la sostenibilidad de la vida humana deben ser acometida.
El desmentido del corte entre humanidad y naturaleza es aquí un
punto clave. Necesitamos una nueva antropología que acepte el hecho
de nuestra finitud, de nuestro ser carencial, de nuestro ser necesitado,
necesitamos aceptar el pensamiento de los límites para poner coto
a la espiral de avaricia que es el capitalismo global, y al tiempo que
demandamos lo necesario para nosotros, debemos sentir, también,
la necesidad de proveer las necesidades de los otros, a veces cercanos,
a veces lejanos. Poner en el primer punto del orden del día la
sostenibilidad humana, social y ecológica es la tarea pendiente.
Hacerlo sin tener en cuenta las voces de las mujeres y su exigencia de
justicia será, simplemente, perpetuar la injusticia y la desigualdad
que corroen la posibilidad de autocomprendernos como humanidad liberada.
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